lunes, 20 de marzo de 2023

Ha muerto Jorge Edwards

Jorge Edwards y Fidel Castro a bordo del buque escuela
chileno Esmeralda, en febrero de 1971, en La Habana.

Jorge Edwards falleció el viernes en Madrid. En este lapso se han escrito obituarios, artículos y comentarios sobre su vida y obra. Y en casi todos ellos se aborda con especial interés un punto común y reiterado en la vida del escritor chileno, tal vez algo desproporcionado para una persona que vivió 91 años: los tres meses que fungió como enviado del presidente Salvador Allende ante la Cuba revolucionaria.

Se refieren con dedicación al breve tiempo que Edwards fue encargado de negocios —en jerga diplomática, el sucedáneo de embajador— de Chile en La Habana, entre el 7 de diciembre de 1970 y el 22 de marzo de 1971, cuando salió de Cuba con destino a París para trabajar al alero de Pablo Neruda.

Su experiencia en la isla la relató en el libro Persona non grata, que se publicó en diciembre de 1973, en España. Es decir, cuando ya se había producido el golpe de Estado que derrocó a Allende, cuando Edwards ya no formaba parte de servicio diplomático chileno y cuando Neruda ya estaba muerto. Podemos agregar como hecho de la causa que el libro fue editado y salió a la venta cuando aún faltaban casi dos años para la muerte del dictador español Francisco Franco.

Ese paso de tres meses por Cuba marcó el distanciamiento de Edwards con esa revolución y con la izquierda, al sentirse víctima de hostigamiento del aparato castrista, percibir el ahogo de las voces críticas en la isla y palpar la construcción de un régimen hecho a la medida y beneficio de Fidel Castro.

En decenas de artículos publicados tras el deceso de Jorge Edwards no hay una línea crítica sobre esos días habaneros ni sobre su testimonio en forma de libro.

Lo cierto es que su gestión como enviado de Salvador Allende, mostró falencias desde el primer momento. Tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Chile y Cuba el 12 de noviembre de 1970 y la instalación casi inmediata en Santiago del ministro consejero y encargado de negocios de Cuba Luis Fernández Oña (el yerno de Allende), el paso lógico era el envío a La Habana de un encargado chileno para reinstalar esos vínculos.

El designado para una tarea que en ningún caso era un trámite sino que tenía una gran carga política y simbólica, fue Jorge Edwards. Él debía ser uno de los nexos entre Santiago y La Habana luego de seis años de quiebre, puntal de uno de los primeros países en América Latina que restablecía relaciones con Cuba, y actor esencial en los vínculos de dos gobiernos con una innegable simpatía ideológica.

Sin embargo, objetivamente Edwards no actuó profesionalmente como diplomático ni respondió a la confianza otorgada por el presidente de su país. Prefirió seguir sus intereses de escritor, por los que ya había sido invitado a Cuba en el pasado, como jurado de un concurso literario.

El mismo Jorge Edwards sostiene en Persona non grata (siempre leído con su debido grano de sal) que le dijo a Fidel: "Es probable que haya actuado más como escritor que como diplomático" y "Reconozco que en Cuba he sido un mal diplomático".

Además, no hizo el mínimo esfuerzo por averiguar antes de llegar a La Habana quién había sido su antecesor, es decir, el último embajador chileno hasta el rompimiento de relaciones en 1964. De haber hecho la pregunta, se habría enterado de dos temas relevantes: que era un familiar suyo y que no era un diplomático de paso que cumplió su función en La Habana y nada más.

Se llamaba Emilio Edwards Bello y era un primo del padre de Jorge Edwards. Alcanzó a vivir más de 20 años en La Habana, se casó con una cubana (hija de un general del ejército de la independencia), y fue testigo del triunfo revolucionario en 1959 y de los primeros años en el poder de Fidel Castro.

Edwards, Jorge, reconoce que no hizo “la pega” previa de averiguar quién había sido el último embajador chileno en La Habana. Lo confesó a su manera en Persona non grata, en una columna publicada en El País y en el libro Esclavos de la consigna. “Era una coincidencia de nombres [el de Edwards] en la que nadie en Chile, ni yo, se había fijado”, escribió.

Fidel Castro, el comandante del buque escuela chileno
Esmeralda, Ernesto Jobet, y Jorge Edwards, en febrero de 1971.

No pasó mucho tiempo para que Jorge Edwards se involucrara en La Habana con escritores cubanos a los que ya conocía y que empezaban a disentir con el régimen. Y el más destacado de ellos fue Heberto Padilla. El poeta, que se haría mundialmente conocido por su autocrítica, se la pasaba en las habitaciones que ocupaba el diplomático chileno en el Hotel Riviera, para conversar y aprovechar los licores y tabacos a los que Edwards tenía acceso por su condición de extranjero, a través de la “diplotienda” y en el “diplomercado”.

Meses después, cuando Edwards ya se había marchado de La Habana, su sucesor, el embajador chileno Juan Enrique Vega, le hizo saber, en comunicación enviada a París en julio de 1971, que tenía una “gruesa” deuda que pagar en la capital cubana. Se trataba de más de 4.200 dólares de la época por “gastos personales”, “como son licores, cigarrillos o comidas en restaurantes”, dice el cable.

La situación de Padilla, quien fue detenido el 20 de marzo de 1971, y su posterior autocrítica, el 27 de abril, así como la salida de Edwards de Cuba (el 22 de marzo) tras una larga discusión con Fidel Castro descrita con detalle en Persona non grata, son hechos que han sido comentados ampliamente. Y evidentemente están relacionados. Por más de 50 años se ha dicho que ese momento marcó el divorcio de una parte de la intelectualidad occidental con la Revolución Cubana.

Toda la evidencia muestra algo parecido, pero… ¡en sentido contrario! Fue Fidel Castro quien orquestó la autocrítica de Padilla para romper con esa intelectualidad que cada vez le resultaba más molesta y para cortarle las alas a aquella que decidiera acatar las reglas del juego del comandante. ¿Y Jorge Edwards? Bueno, él fue el personaje que necesitaba Castro para avanzar sobre Padilla, quebrarlo y llevarlo a esa burda actuación del 27 de abril en que se convirtió la autocrítica.

Además, con la salida precipitada de Edwards de la isla —Vega llegará recién a La Habana el 21 de mayo—, Castro se liberaba de un personaje que no solo no estaba haciendo su trabajo como enviado de Allende sino que más bien se mostraba desconfiado con un gobierno amigo y se había dedicado a revolver parte del gallinero cubano.

Las interrogantes que deja

Concluida la evaluación de lo que fue la vivencia habanera de Jorge Edwards, hay demasiadas dudas que el premio Cervantes 1999 nunca resolvió y ahora con su muerte quedarán para el terreno de las deducciones. Dudas que ya fueron planteadas por Norberto Fuentes en su libro Plaza sitiada. Fuentes es uno de los protagonistas de esa noche de la autocrítica porque fue el único que contradijo a Padilla, reafirmó su condición de revolucionario, la de Norberto, y echó por tierra la puesta en escena armada por el aparato cubano para cumplir con los objetivos de Fidel sobre los intelectuales.

La primera de esas interrogantes es quizá la más llamativa: ¿Por qué Edwards nunca firmó alguna de las cartas de apoyo a Padilla de los intelectuales europeos y latinoamericanos impulsadas esencialmente por Mario Vargas Llosa? El peruano escuchó de primera mano el relato de Edwards ya que acogió en Barcelona al chileno inmediatamente después de salir de Cuba y antes de que se presentara para nuevas funciones en París.

Heberto Padilla (izquierda) y Norberto Fuentes durante la
autocrítica del poeta, el 27 de abril de 1971.

Se podrá decir que no se hizo parte con su firma porque sus funciones de diplomático chileno y protegido por Neruda en París se lo impedían. Pero nunca consideró su trabajo de diplomático y enviado de Allende en La Habana para evitar molestar al gobierno cubano con sus reuniones de amigos escritores. ¿Por qué después sí?

Segunda cuestión. Padilla, que se acusó de antirrevolucionario y embarcó a todos sus amigos escritores, no mencionó a Jorge Edwards, por cuya razón él y su esposa, Belkis Cuza Malé, fueron arrestados. ¿O es que acaso la gente de la Seguridad del Estado, que “orientó” a Padilla en lo que debía decir en su autocrítica, le dijo que dejara fuera de eso a Edwards?

Última duda. ¿Por qué Jorge Edwards esperó casi tres años para hablar de lo que había vivido en Cuba? En los archivos de la Cancillería chilena, donde están sus despachos a Santiago, cuando era “nuestro hombre en La Habana” y luego consejero en la capital francesa, no hay nada de eso que escribió en Persona non grata. ¿No era relevante para el gobierno chileno el acoso que sufrió en la capital cubana? ¿Ni siquiera correspondía informar de la detención de un tal poeta Heberto Padilla, involucrado con el encargado de negocios de Chile?

Edwards dijo que Neruda le recomendó escribir de lo vivido en Cuba pero no hacerlo público, pero lo hizo como ya dijimos en diciembre de 1973, muy lejos de todo, en tiempo y espacio, y con varios muertos de por medio. ¿Es que Jorge Edwards le temía más al enojo o a ser reprendido por Neruda —quien aún no recibía el premio Nobel, algo que se anunció el 21 de octubre de 1971— que por Fidel Castro?

¿O es que acaso en esa conversación extensa de la noche del 21 de marzo y la madrugada del 22 se estableció un acuerdo, un pacto de silencio entre Jorge Edwards y Fidel Castro? ¿Un pacto cuyo plazo estaba vencido o podía darse por vencido en diciembre de 1973, considerando que el gobierno de la Unidad Popular era historia y Edwards había sido apartado del servicio exterior chileno y había iniciado su vida como exiliado en Barcelona?

miércoles, 6 de noviembre de 2019

De herencias y señales


Por Pedro Schwarze

Publicado en revista Noticias, de Argentina, el 1 de noviembre, bajo el título "La protesta no cede".

Dos semanas después de que comenzaran las protestas de evasión en el Metro de Santiago y se desataran las manifestaciones multitudinarias en todo Chile, la pregunta que ronda es cuándo y qué aquietará las aguas de esta tormenta que ha cuestionado el orden político, social y económico de este país. Sin embargo, el aplacamiento de ese torbellino debiera ir de la mano de la búsqueda del camino que nos lleve a reparar las causas que provocaron esta revuelta ciudadana.

El Gobierno de Sebastián Piñera, que encendió la mecha de esta crisis que se incubó por décadas, ha intentado durante estos días controlar las protestas, reprimir las manifestaciones, contener el malestar y normalizar el país. Hasta ahora sin éxito. Como si su llamado a volver a la normalidad bastara. Ni la declaración del estado de emergencia, ni sacar a los militares a la calle ni imponer el toque de queda sirvió para frenar esta marea. Y tampoco parece suficiente la salida de Andrés Chadwick Piñera, ministro del Interior y primo hermano del presidente. Por algo las protestas callejeras siguen sucediéndose día a día con la consigna de #EstoNoPara.

Detrás de este ciclón se encuentran la herencia de la dictadura de Pinochet, las deudas de nuestra transición y la inercia de la clase dirigente, que se mantuvo en su zona de confort y que no avanzó en los cambios necesarios. El 5 de octubre de 1988, los chilenos rechazaron la continuidad de Pinochet en un plebiscito contemplado en una Constitución, la de 1980, hecha a su medida. Tras años de protestas, acciones de resistencia y aguante ante la represión, los ciudadanos y los partidos opositores se animaron a jugar en el terreno y con las reglas del dictador, y lo derrotaron.

Fue así como se abrió nuestra transición democrática, sobre la base de la misma Constitución de 1980 a la que se le han hecho 20 reformas desde entonces. Una transición considerada internacionalmente como exitosa ya que se avanzó en la democratización, pese a la amenaza militar y a la presencia de Pinochet en la comandancia en jefe del Ejército hasta 1998. Desde entonces se han sucedido siete gobiernos en estas tres décadas (cinco de centroizquierda y dos de derecha), donde se hicieron algunas modificaciones al marco político-legal y al modelo económico, que para algunos sectores resultaron ser simples retoques cosméticos.

La carta magna no fue la única herencia de la dictadura que aún se mantiene vigente: también está el sistema de pensiones (las AFP), el sistema privado de salud (las isapres) y un sistema público insuficiente, los casos de violaciones a los derechos humanos que todavía no se resuelven, la municipalización de la educación pública y el desarrollo de un individualismo metalizado. En Chile campea un modelo sustentado en el crecimiento económico, pero sin un esquema de protección social, donde cada uno se rasca cómo puede, y donde el nivel de endeudamiento de las familias alcanza niveles históricos (el stock de deuda equivalente en los hogares llega al 73,3% del ingreso disponible). Han sido tres décadas de crecimiento económico, de estabilidad y de reducción de la pobreza, pero donde no ha dejado de crecer la inequidad, donde el tejido social se ha destruido y donde el hecho de que los chilenos tengan más no ha sido sinónimo de mejoría social.

Si bien ahora estamos claros que por años había un problema cocinándose, el caldero sí había dado muestras de que estaba entrando en ebullición, como fue la revuelta de los secundarios (2006), las protestas de los universitarios por una educación gratuita (2011), las marchas contra las AFP (2016) y el movimiento feminista (2018). Un potaje al que se sumaron los escándalos de abusos en la iglesia católica y de corrupción en el Ejército y en Carabineros. Parece evidente que se requieren un cambio mayor, progresivo y gradual, y que, aunque puedan producirse en el mediano y largo plazo, parece imperante que los dirigentes —de Gobierno y oposición— den señales más concretas de avanzar en ese sentido.

Una de esas apuestas, y que la oposición ahora empuja con más fuerza para ponerla sobre la mesa, es la elaboración de una nueva Constitución. Una demanda que lleva años en la agenda de la izquierda y la centroizquierda y que ahora empieza a ser considerada por la centroderecha. También empieza a calar en ese sector —como medida tangible e inmediata— la propuesta de acortar la jornada semanal de trabajo a 40 horas (actualmente es de 45 horas), una iniciativa con un fuerte apoyo en los sondeos, y a la que el Gobierno y el oficialismo se resistían “porque no era el momento”, en medio de la ralentización económica y la guerra comercial entre China y Estados Unidos.

Pese a los intentos de las autoridades de volver a la calma, incluida una batería de medidas sociales y el pedido público de perdón por parte de Piñera, las calles de buena parte del país siguen en ebullición, inundadas por manifestantes. Son en su mayoría jóvenes que no vivieron la dictadura, que no supieron de las dificultades que hubo en los años primarios de la transición, una generación que solo ha vivido en democracia y que se ha visto bombardeada por el consumismo y la vigencia superflua de la redes sociales, que en general no participan en las elecciones tras el fin de la obligatoriedad del voto en 2012, razón por la cual no se sienten comprometidos en la toma de decisiones.

De hecho, en la manifestación del millón 200 mil personas del viernes 25, se podía encontrar desde jóvenes para los que la protesta se canaliza a través de la violencia y la destrucción, hasta otros para los que su presencia ahí estaba determinada casi por una moda o por estar presente en un “evento” histórico que no había que perderse. Precisamente uno de los mayores desafíos es la inclusión de aquellos que no se sienten incluidos o representados, no solo políticamente, sino en esta sociedad que durante décadas ha sido señalada como modelo de convivencia y crecimiento, pero que ahora deja mucho más claro sus imperfecciones, cojeras y claroscuros.

Sebastián Piñera —pese a que su popularidad cayó estas semanas a 14%, la menor de un gobernante en las últimas décadas— tiene la oportunidad de pasar a la historia como el presidente que inició las transformaciones que la calle y el malestar general demandan. Sin embargo, ha demostrado ser sordo a la hora de escuchar las señales a pesar de tener capacidad política y sentido de la oportunidad.

sábado, 26 de octubre de 2019

Una oportunidad para pensar al "hombre nuevo"


Por Pedro Schwarze

Publicado en la revista argentina Noticias el 24 de octubre de 2019

El alza del pasaje de Metro en Santiago apenas fue la chispa de una convulsión social que se venía incubando hace años y que estalló no solo en la capital —la única ciudad que tiene tren subterráneo— sino en todo Chile. Nadie pudo vislumbrar lo que vendría y nadie hasta ahora es capaz de determinar si logrará aplacarse este malestar de manera transitoria o definitiva.

La quema y destrucción de varias estaciones de Metro, sin duda una obra de orgullo para los santiaguinos y una enorme ayuda en los desplazamientos por la ciudad, nos impactó más que cualquier cosa. Y después supimos del saqueo e incendio de supermercados, con lo cual nos sentimos ante una barbarie que sembró la angustia y desesperación.

Para ahondar en esta situación de desasosiego, el gobierno decretó el estado de emergencia en Santiago, que se fue extendiendo por otras ciudades y regiones, sacó los militares a la calle y luego determinó el toque de queda nocturno. Estuviesen justificadas o no esas medidas, algo que se mantendrá en la discusión, lo que está claro es que eso despertó los recuerdos y los temores de lo que significó la pasada dictadura. Con mayor razón cuando ya se cuentan cerca de dos decenas de muertos, cinco de ellos, según los organismos oficiales de derechos humanos, por obra de efectivos policiales o militares.

Nuevamente la reacción se hizo sentir, incluso por jóvenes que no habían nacido cuando en este país gobernaba Pinochet. Multitudes coparon las calles con manifestaciones como las de antaño, las de los 80, animadas con el toque de cacerolas y pailas, y entonando como himno “El derecho de vivir en paz”, de Víctor Jara. Una protesta transversal que incluso se deja sentir en los barrios donde tengo el privilegio de residir.

Las razones de este estallido son millones. Cada chileno tiene su versión, desde aquellos que observan con rabia encerrados en sus casas cómo se hace añicos el paraíso en el que estaban acostumbrados a vivir, hasta quienes desde las calles u hogares esperan que el viejo esquema de convivencia y de fragilidad social cambie y mejore su vida. Desilusión, enojo, esperanza, miedo.

Lo cierto es que la dirigencia de Chile, con sus medidas, mensajes y señales, lo único que hizo fue echar gasolina a un polvorín que, ahora vemos, estaba a punto de estallar. Es el mismo polvorín de descontento que llevó por segunda vez al gobierno tanto a Bachelet como a Piñera. Este último prometió "tiempos mejores" pero la noche del martes ya hablaba de “tiempos difíciles”.

Detrás de este caos -al que ni el gobierno, el Congreso y ninguno de los partidos políticos han sabido hacerle frente- está nuestra imperfecta transición, la decisión de no tocar el modelo económico y social y, aunque suene cliché, la dictadura de Pinochet y su herencia más profunda: un "hombre nuevo" individualista, ambicioso, habitante de una sociedad donde cada uno se las arregla como puede, donde el bien común y el bienestar colectivo no existen.

No por nada los manifestantes en la calle actúan como individuos, sin banderas de ningún tipo ni detrás proyectos colectivos. Los que destruyen las estaciones del Metro no pueden estar pensando en un bien común cuando saben que eso perjudicará a los sectores pobres y medios de buena parte de Santiago. Para qué decir los que saquean, representantes más brutales de ese estereotipo del winner, donde hay que ganar a toda costa, de que si yo no robo otro robará, aquel que entiende que en esta sociedad solo los pillos triunfan.

Ese es el país donde creíamos tenía una estabilidad incuestionable, donde había cabida para el crecimiento económico pero no para el ascenso social. Muchos hablan de buscar un diálogo, de escribir una nueva Constitución, de reformar el sistema de pensiones, de reducir las desigualdades, pero ninguno de estos "hombres nuevos" en que nos hemos convertido estamos, por ahora, dispuestos a meter la mano al bolsillo y aportar lo que nos corresponde para apagar este incendio y construir una sociedad mejor.

Como sea, la calle ha vuelto a reunir a una parte de la ciudadanía y tal vez sea el comienzo para que en algo podamos avanzar en reconstruir las confianzas y fortalecer así nuestras redes sociales. Pero no las virtuales, sino esas redes antiguas, las de los barrios, las agrupaciones gremiales, los colegios profesionales, los sindicatos, las federaciones de estudiantes, los partidos políticos —todas y cada una de ellas jibarizadas por este modelo de sociedad imperante—, para lograr una convivencia marcada por el entendimiento y la solidaridad, como si fuera un Metro en el que tenemos que entrar todos sin importar la estación en la que nos subimos o nos bajamos.

lunes, 27 de agosto de 2018

Norberto Fuentes en el torbellino

Fragmento del texto inédito "En el torbellino", próximo a publicarse.

En su artículo “El narrador en la tormenta revolucionaria”, el ya mítico crítico uruguayo Ángel Rama rompió con todo lo que hasta ese momento se había publicado sobre el llamado Caso Padilla, y le aportó una mirada fresca a la autocrítica del poeta cubano Heberto Padilla, la noche del 27 de abril de 1971, en la sede de la Unión de Escritores y Artista de Cuba (UNEAC), donde —tras permanecer detenido más de un mes— confesó ser antirrevolucionario e involucró a otros a escritores y amigos en sus mismos “crímenes”. Ese cuadro, especial y aparentemente cuidado, fue el detonante del quiebre de buena parte de la intelectualidad latinoamericana y europea con la Revolución Cubana. “Estaba produciéndose en tierras americanas una confesión místico-socialista que seguía puntualmente el modelo de las confesiones en los procesos de Moscú en los años treinta, la cual, según el penitente dijo al comenzar, había sido pedida por él mismo y obviamente aceptada por sus colegas”, escribió Ángel Rama al introducir en el tema.

Pero destacó que su foco no estaba en esa escena integral ni en su protagonista, sino “en un actor secundario, poco o mal iluminado por los flashes periodísticos, en el cual sin embargo se tipifica la problemática del narrador dentro del vertiginoso sucederse de una historia revolucionaria. Analizada con objetividad, al margen de la emocional polémica que rodea estos sucesos, es tarea que compete a la crítica, pues es su misma existencia la que en ella se cuestiona”. Padilla enlodó en su autoinculpación, entre otros a su mujer Belkis Cuzá Malé, a Pablo Armado Fernández y a un joven Norberto Fuentes. Sin embargo, Fuentes, autor del libro de cuentos Condenados de Condado, con el que había ganado el premio Casa de las Américas en 1968, “a diferencia de los restantes escritores aludidos, se negó a hacer su autocrítica, reivindicó sus convicciones revolucionarias y se rehusó a convalidar las explicaciones espiritualistas de Padilla, las cuales, para mayor sorpresa, fueron aprobadas por los funcionarios culturales allí presentes”, describió Rama e insistió que “oponiéndose a la posición asumida por Padilla, Norberto Fuentes defendió su derecho a tener opiniones críticas sobre los organismos del Estado y sobre los diversos aspectos de la vida nacional, entendiendo que ése es un derecho de todo ciudadano y que es parte del normal debate sobre la ‘res pública’ que les compete”.

Una de los párrafos esenciales de “El narrador en la tormenta revolucionaria” es el momento cuando Ángel Rama planteó que si desde 1967, cuando ya Heberto Padilla comenzó a tener conflictos con las autoridades cubanas, se habló de un “Caso Padilla”, algo que se vino a “perfeccionar” con la autocrítica de 1971, “con igual razón habría que hablar de un caso estrictamente paralelo, el ‘Caso Fuentes”. Y subrayó que el silencio —en Cuba y fuera de la isla— en torno al “Caso Fuentes” se explicó por el hecho de que “no era utilizable por la guerra fría pues [Norberto] se declaraba revolucionario, no se ponía en contacto con los corresponsales extranjeros, etcétera. Hubiera correspondido al pensamiento de izquierda su consideración y el silencio que ha guardado es una acusación y un testimonio de su atraso”.

sábado, 7 de octubre de 2017

Jon Lee Anderson: “Al Che siempre le faltó un Fidel a su lado después de la Sierra Maestra”

Para el autor de la más reconocida biografía sobre el guerrillero, Ernesto Guevara “nunca fue político. Era un tipo intelectualmente muy logrado, era un tipo carismático casi por su anticarisma. Quizá su carisma más místico o mágico era su indignación social, lo cual era su detonante, su gatillo”.

Por Pedro Schwarze
Publicada en Semanal de T13 el 6 de octubre de 2017


La biografía Che Guevara. Una vida revolucionaria (1997), del periodista estadounidense Jon Lee Anderson, no se quedó en el libro solamente. Durante su investigación Anderson obtuvo en 1995 la información clave que hizo posible encontrar los restos del guerrillero y sus compañeros de armas junto a la pista de aterrizaje en Vallegrande, Bolivia. El libro sirvió de fuente relevante para las películas que dirigió Steven Soderbergh y que fueron estrenadas en 2008. El mismo Anderson fungió como asesor en los filmes. Y el año pasado se lanzó una versión en comic de la biografía, ilustrada por José Hernández.

Al cumplirse 50 años de la muerte de Ernesto Che Guevara, cuando militares bolivianos lo ejecutaron el 9 de octubre de 1967, Anderson sostiene en esta entrevista con T13 Semanal que el legado del guerrillero se mantiene latente y que se ha convertido en un símbolo de rebeldía al status quo. El periodista asegura que escribir esa biografía fue “una experiencia humana y política” y reconoce que hubo un cambio en la recepción de Cuba a su libro, de la descalificación al reconocimiento.

“Supongo que para algunos, en una época, pudo haber sido incómodo que un yanqui estuviera tan metido en sus temas. Yo sé que había malestar, nunca entendí porque nunca me lo hicieron saber y no era monolítico”, asegura. Y sobre los cuestionamientos de la hija del Che, Aleida Guevara, a su libro, es tajante: “Parece que ya no está molesta. Nunca he sabido por qué estaba molesta y en ningún momento me dio las gracias por ayudar a encontrar los restos de su papá, cosas que a mí me molestaron, francamente. Porque si ella se molestó, yo me molesté más por su molestia”.

-¿Por qué cree que sigue el interés por el Che a 50 años de su muerte?

-Primero por el hito del 50° aniversario. Además es un momento coyuntural en América Latina: ha muerto Fidel, finalmente, y murió Chávez. Los dos pilares en vida de lo que quedó de la época de revolución e idealismo de la izquierda en América Latina murieron en los últimos años. El Che queda como el pregón por excelencia, el santo patrón de eso. Supongo que es por eso, porque hay una especie de bajón o desazón en lo que es el idealismo, la ideología, más allá de la ideología de mercado, en las Américas y con un Trump en la Casa Blanca. Supongo que sí, que es un cruce de caminos que ofrece la posibilidad de rumiar sobre lo que pasó. El Che siempre ha inspirado interés por la forma en que vivió su vida y cómo la terminó. Como pocos hombres públicos de Occidente en el último medio siglo y más, ha sido un hombre consecuente con sus ideales. Eran ideales muy radicales, ostentó cambiar el mundo por las armas para crear un mundo socialista en plena Guerra Fría. Al final de la Guerra Fría, hace 25 años era el único que emergió de las cenizas con algo de romanticismo e ilusión. Ciertamente ningún joven en Italia ni en Lima andaban tratando de reivindicar el legado de Leonid Brezhnev. Era el Che Guevara, pues. Murió joven, bello, valiente, murió en aras de su ideal y eso es desde tiempos mitológicos, desde tiempos primordiales lo reconocemos como algo heroico y resuena en el imaginario popular.

-¿Pero se percibe de una manera distinta en América Latina que en Estados Unidos y en Europa?

-Creo que sí. Por supuesto que en América Latina está más cercana al mundo inconcluso. Tenemos una América Latina muy frágil en lo que es su estado de derecho, con los índices de homicidios más altos del mundo en media decena de países, con una narcoeconomía y una narcocultura muy arraigada que amenaza incluso a la estabilidad de algunas de estas sociedades. Estamos hablando todavía de una región muy incierta en torno a lo que es su configuración política futura, la consolidación de un estado de derecho que daría seguridad a sus sociedades. Creo que las Américas en general es todavía una olla en fundición. Estamos en un momento en que las piezas, todas, están en movimiento, como si el mundo político y social fueran placas tectónicas. Entonces el Che si bien está entendido como un ser universal, de referencia en lo que es un símbolo de desafío juvenil, sobre todo, al status quo, de rebeldía al status quo en cualquier tiempo y en cualquier lugar. El Che tiende a ser desvestido de su contenido. Cada generación se queda con la cara, al rostro, al emblema no más, y hay que volver a ponerle carne y hueso.

-¿Qué tanto queda del legado del Che?

-Depende de a qué legado te refieres. Si es el legado que buscó él, de ser alguien como en sus llamados más sonados o románticos, “con mi sangre nutriré el suelo que abonará las revoluciones futuras”, está ahí. En este momento no lo estamos viendo pero si anduviéramos entre los de las Farc, en Colombia, que acaban de dejar las armas, todos veneran al Che. Los elenos (los guerrilleros colombianos del ELN) me imagino que también. El Che es el ejemplo de lo que un hombre puede hacer cuando toma la decisión de empuñar un arma a partir de una indignación social y busca justicia de la manera que él la concibe. Hay muchos calificativos que uno puede agregar a ese escudo, a ese emblema, a ese rostro, pero es un legado muy potente. Esto no quiere decir que su noción de economía política, o el socialismo, o sus teorías tal cual fueron trazadas en los años 60, medio siglo atrás, son tan vigentes como su legado personal. Yo creo que él, como el hombre que vivió y murió de una manera consecuente con sus ideas, por varias razones se cuajó y se quedó ahí cuajado. Incluso con las olas de comercializaciones (de su imagen), que cualquiera pensaría que eso mismo terminaría por ridiculizarlo o vaciarlo de contenido, no lo ha logrado.

-Ahora que el Che y Fidel Castro está muertos, ¿qué batallas ganó el Che sobre Castro y cuáles ganó Guevara sobre Fidel? El Che se quedó con la juventud, pero Castro gobernó por cinco décadas.

-Claro, pero el Che nunca busco gobernar. El Che era un revolucionario en el sentido más arquetípico. Nunca ostentó el liderazgo de Cuba estando ahí, por más que le dieron ciudadanía. Y cuando volvió al continente, Bolivia era el país de paso para que él liderara la revolución en Argentina. A él siempre le faltó un Fidel a su lado después de la Sierra Maestra. Nunca fue político. Era un tipo intelectualmente muy logrado, era un tipo carismático casi por su anticarisma. Quizá su carisma más místico o mágico era su indignación social, lo cual era su detonante, su gatillo, y lo llevó a vivir y construirse como el Che.

-¿Y Fidel Castro?

-Fidel tenía obviamente un carisma propio muy elevado, un don de mando desde muy joven, una obsesividad al detalle. De Fidel podemos hablar mucho porque vivió casi tres veces más que el Che, gobernó medio siglo, es decir, es el patriarca de mil novelas, es la figura patriarcal, el hidalgo que gobernó la isla, que le quedó chica, responsable de que Cuba montara el escenario mundial durante décadas y quedara ahí como un actor de relevancia e interés. Entonces tenían roles o papeles muy distintos, uno como casi místico, simbólico, puro, entre comillas, el Che, y el otro el gran estratega, el comelotodo, el tragahistorias, el gran patriarca que era Fidel. Fidel decía las cosas como son. El Che hacía lo mismo, pero él era de romper sables y dejó el ejemplo de que si un puñado de hombres quieren, pueden intentar revertir el orden de las cosas. Hasta cierto punto su legado es más “peligroso” para el status quo que el de Fidel. Pero Fidel y el Che representan un dúo súper potente, y casi nos devuelve a la teoría del foco, por más repudiada que fuera, de que un puñado de hombre decidido y armado pueden cambiar las cosas.

-¿Cree que los restos del Che fueron encontrados y ahora está en Santa Clara, Cuba, o tiene dudas de eso como plantean algunas versiones en el sentido de que no fueron hallados?

-Esa tesis proviene de (los periodistas) Maite Rico y Bertrand de la Grange, de Humberto Fontova, un cubano americano de Miami que inventa las cosas y las dice, y originalmente viene de uno de los dos agentes de la CIA que estuvieron en Vallegrande cuando mataron al Che, Gustavo Villoldo. Yo sé (que fueron encontrados los restos) porque, como yo estuve involucrado en el descubrimiento, cuando finalmente los encontraron me llamaron los forenses para decirme “Jon, lo tenemos. Vente”. Yo debía ser el testigo de la boda de una de mis hermanas, pero tuve que decirle que no estaría y me fui a Bolivia. Fui el primero en ver los restos que no fuera un forense o un antropólogo forense. Las manos cercenadas las vi.

-¿Qué le dijeron los forenses entonces?

-Me dijeron: “Hemos hecho la prueba de la dentadura. Es él. Encontramos la picadura (de su pipa) en uno de sus bolsillos de la chaqueta. Encontramos el yeso de la máscara de muerte que le hicieron”. Es decir, era él. Yo vi los restos. Estaba recostado con cierta dignidad al lado de cinco esqueletos promiscuamente tirados al lado. Era el Che. ¿Por qué me lo iba a inventar (el general Mario) Vargas Salinas (que le reveló la ubicación del entierro) para luego pagar siete años de arresto domiciliario por romper el silencio conmigo? En ningún momento la gente que ha tejido esta tesis me entrevistó a mí, en ningún momento, y yo soy el que tiene más información sobre ese tema. No tiene que ver con ideología ni con bandos, sino que nunca lo hicieron y eso por lo menos es mal periodismo o mala investigación y muestra una vez más el ímpetu ideológico de esa investigación.

domingo, 23 de julio de 2017

El regreso de los dulces guerreros


Casi 20 años tuvieron que pasar para que estuviese otra vez a la venta el libro de Norberto Fuentes Dulces guerreros cubanos. Un texto que no dejó indiferente a nadie y que fue el primero —y quizá el único— en revelar en forma descarnada qué ocurrió en 1989 en Cuba con los fusilamientos del general Arnaldo Ochoa y el coronel Antonio de la Guardia. Norberto no solo es un testigo de esos hechos, sino también un protagonista y un sobreviviente. Dulces guerreros vuelve a ser publicado contra viento y marea, de La Habana y de Miami. A la venta en Amazon.

sábado, 24 de diciembre de 2016

O llevarás luto por mí

Fidel Castro da un discurso en El Uvero, en 1959. Foto de Lee Lockwood.

Fidel quiso volver. En el invierno cubano de 2010, cuatro años después que delegara sus funciones, Castro se volvió a calzar su traje verde olivo y se sintió con fuerzas para retomar el poder y ponerles freno a las reformas de Raúl y, sobre todo, para impedir que su hermano avanzara en el establecimiento de un diálogo con Estados Unidos. Pero, como pocas veces en su historia política, Fidel no olfateó que ya era demasiado tarde, que Raúl ya tenía el poder absoluto.

No había vuelta atrás. Ni en su declive vital ni en el curso hacia donde estaba conduciendo Cuba el nuevo presidente. Por eso cuando algunos se preguntaron el último fin de semana de noviembre, con ánimo conspirador, si acaso el gobierno de ese país había retenido la noticia de la muerte de Fidel –informada la noche de ese viernes 25 por el mismo Raúl Castro- para preparar el ambiente, acallar cualquier conato de festejo y ajustar las ceremonias fúnebres, la respuesta fue clara: no había necesidad. Cuba y su régimen, e incluso buena parte del mundo, llevaban 10 años haciéndose la idea, sólo faltaba el desenlace; la maquinaria de las exequias mortuorias había sido montada con tiempo, y en la práctica hacía mucho que Fidel parecía que sus comentarios y “reflexiones” llegaban del pasado.

De cualquier forma, Fidel Castro dejó una marca indeleble y que se extendió por más de seis décadas. Puso a Cuba en el mapa, le dio protagonismo mundial, jaqueó a Estados Unidos y derramó su influencia no sólo por América Latina sino también por África. ¿Que si es un personaje del siglo XX? Claro que sí, pero supo aprovechar su tiempo, cabalgar la Guerra Fría y seducir a la Unión Soviética. Y sobrevivió a la caída de la URSS y al cambio de siglo, al punto que pudo extender nuevamente su influencia en países como Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.

Yamileé, una médico cubana que cambió su oficio y su casa para recibir visitantes extranjeros en La Habana, se preguntaba en los días de luto decretados por su muerte, si Fidel Castro se convertiría en una imagen de camiseta, como de alguna manera se transformó el Che Guevara. A primera vista uno pensaría que no. A diferencia del argentino, Fidel murió de 90 años y su atractivo se perdió en los setenta u ochenta. Pero su orden de que no lo conviertan en estatuas y su nombre no sea utilizado ni en calles ni en edificios públicos podría alentar la aparición de poleras con su imagen. Claro, no la del viejito en silla de ruedas y con buzo deportivo, sino esas de joven fumando puros, cortando caña o jugando béisbol. Las mismas que llevan décadas colgadas en las casas de millones de cubanos.

La gran duda es hasta dónde llegará el legado de Fidel. Su hermano ha puesto en marcha lentamente su proceso de “actualización” del modelo (que algunos ven como desmantelamiento), y tiene nominado a un posible sucesor (Miguel Díaz-Canel), aunque podría estar deseoso de poner a su hijo, Alejandro Castro Espín. Pero en ese escenario de reformas, quien parece tener los mejores pergaminos es uno de los hijos de Fidel, Antonio, médico y vicepresidente de la Federación Cubana de Béisbol, quien mantuvo una relación muy estrecha con su padre y a quien, sostienen algunas fuentes, preparó para ese cometido, de la misma forma como Vito Corleone lo hizo con su hijo Michael.

Publicado en La Tercera el 24 de diciembre de 2016.