jueves, 31 de diciembre de 2009

Fidel es su mismo sueño

Esta es la segunda entrega de Norberto Fuentes, autor de The Autobiography of Fidel Castro, para el blog The Huffington Post. La versión íntegra y original de Norberto.

Por Norberto Fuentes

El 31 de agosto de 1986, luego de un interminable viaje de 17 horas desde La Habana, con escala en Islas de Sal, frente a Cabo Verde, Fidel Castro llegó a Harare (Zimbabwe) para participar en la conferencia cumbre de los países no alineados. Se instaló en el chalet de las afueras de esta bucólica ciudad que le habían adquirido y preparado los especialistas del Ministerio del Interior y que luego serviría como residencia permanente del embajador cubano. Había un jardincito amurallado contiguo a la puerta principal y el chalet era remoto y el mediodía sin sobresaltos cuando Fidel salió al patiecito desde adentro de la casa, enfundado con una bata de casa morada, que le caía hasta los tobillos, y pantuflas. Comenzó a dar unos pasos, las manos en los bolsillos de la bata, cuando advirtió la presencia de una docena de sus colaboradores arremolinados en el parqueo contiguo a la muralla y regresó a la casa. Entonces el que salió al patio fue el coronel Joseíto —José Delgado— el jefe de su escolta, que se viró hacia el grupo y dijo, en un auténtico tono de súplica: “Caballeros, coño, salgan de esa entrada y no miren más para acá, para que él se crea que está solo.” En todo el transcurso de mi experiencia cerca o junto a Fidel, éste lo tengo registrado como el momento más patético. Demasiado inteligente para saber que su soledad era un imposible, parecía contentarse con la creencia de una ilusión. No obstante —y eso quedaba por descontado— era una soledad que se garantizaba por el despliegue de una compañía reforzada de los rangers de Tropas Especiales traída desde La Habana para la ocasión y armada hasta con cohetes antiaéreos portátiles.

Implícito en la escena, ese cierto patetismo —término que no empleo peyorativamente—, es debidamente revelador de una personalidad en permanente lucha por asegurarse un perímetro de intimidad y hacerlo inviolable. Esto se expresa, más bien se justifica ideológicamente, de muchas maneras y ofrece además unos dividendos inesperados. La idea expresada en palabras del mismo Fidel es que no debe mezclar su vida personal con la política. En ese caso, por decantación, nada mejor que su guardia pretoriana para trazar y defender la frontera. Es donde hace acto de presencia su verdadera preocupación: disponer del mejor servicio de escolta del mundo. Idea y escolta que luego le sirven (lógico) para darse la gran vida en francachelas con el empleo de sus misteriosas casas de seguridad o, como ocurrió en una época, para eludir la persecución constante que Celia Sánchez —su compañera de guerrilla en la Sierra Maestra— le montó por toda Cuba cuando supo de los devaneos amorosos de Fidel con Dalia Soto del Valle.

En lo tocante a su familia, vale contarlo, este concepto de reducto fortificado ha sido defendido aún con mayor encarnizamiento. Estoy hablando de la familia verdadera, de esta señora, su mujer, Dalia, y de los cinco hijos tenidos con ella, en orden decreciente: Alex, Alexis, Alejandro, Antonio y Ángel. De vez en cuando, en los últimos tiempos, surgen algunas fotos de la intimidad familiar y se publican fuera de Cuba pero la explicación del establecimiento sobre estas filtraciones es de resignación: normal que ocurra porque cada uno de los muchachos ha crecido y ha cogido su rumbo. No los pueden tener siempre bajo protección del feudo. En realidad, bien mirada las cosas, pese a las escasas fotos publicadas en revistas de chismes fuera de Cuba, ha sido un triunfo del servicio de Seguridad Personal, porque hasta la mayoría de edad nunca hubo acceso ni siquiera a la imagen de los jovencitos.

Todo parte en su origen de un criterio elaborado por Fidel —que es político (aunque él quiera revertirlo como un asunto de seguridad)— y, en sus propias palabras, muchas veces vertidas en el círculo más estrecho de sus amigos, es el de no contaminar a su familia con el resto de sus subordinados.

Y no es solo para el vulgo. Ni siquiera Raúl Castro ha tenido acceso a esa familia y sus predios. Raúl se volvió loco de alegría el día que su hijo Alejandro, ya con más de 20 años de edad, vino a conocer finalmente a un par de sus primos, dos de los hijos de Fidel, de forma casual en una fiesta. Fue una ocasión de exaltación para el general de Ejército y jefe de las Fuerzas Armadas, al enterarse, y llamó a los subordinados que tuvo a la mano y mandó a buscar vodka para brindar por el encuentro. Y no solo el contacto de unos primos. El acceso de Raúl y sus familiares, al igual que el de cualquier otro ciudadano, a la piscina térmica bajo techo de la afamada clínica CIMEQ, está prohibido cuando Dalia la va a usar.

Las explicaciones para la conducta de Fidel y para el manto de protección en el que hace vivir a su familia pueden ser múltiples pero el argumento básico termina inexorablemente en la CIA. Claro, ésa es también una explicación externa. Y yo diría —producto de mis observaciones “at close range”—, que las razones pueden ser tan íntimas como las que reveló el coronel Joseíto aquella mañana de Harare. Sentirse solo. (Aunque ya debe ser muy tarde para que revierta el curso.) Así pues, hasta ahora, lo que hemos tenido es a un hombre que emite señales de distracción de manera constante, metódica. En fin, un hombre revestido de una corza de enigmas y que cuenta con el apoyo de todo el aparato represivo de un Estado para lograr su objetivo. Yo creí descubrir una fisura, sin embargo. Lo supe el día en que llegué a una simple conclusión literaria. La novela de la Revolución Cubana tenía que pasar por este personaje. Este fue precisamente el desafío que me llevó a escribir el libro que ahora se llama La autobiografía de Fidel Castro.

Entonces, en el silencio de mi imaginación, no solo surgió la biografía como un proyecto sino que tuve desde ese momento la comprensión de que iba a ser algo más complicado que un trabajo académico. No podía ser una biografía más sobre Fidel Castro, de las que atiborran los estantes. Pero hubo que atravesar una selva de contradicciones y aprender algunas cosas. La primera es que la única manera de realmente contar la historia es sin valoraciones morales. Lo segundo, que el viejo apotegma heminwayano de que debes escribir en primera persona para que te crean, podía ser también válido para contar la vida de un político cubano que ha acaparado la atención mundial durante los últimos 50 años. Esta era una nave que solo se podía manejar desde la cabina de mando. Ahí era donde yo tenía que situarme, tener la decisión de hacerlo y mantener la convicción de que la novela es un instrumento del conocimiento tan válido como el ensayo o la Historia, y mucho más allá aún, porque es el único completamente libre.

martes, 22 de diciembre de 2009

Noche de sábado con Fidel

Esta es la primera entrega de tres que Norberto Fuentes trabajó para el blog The Huffington Post (1) con motivo de la aparición en Estados Unidos de su libro The Autobiography of Fidel Castro (2). En forma exclusiva presento la versión original en español, tal como Norberto la escribió.

Por Norberto Fuentes

Tenía cuatro teléfonos negros sobre el buró, a la izquierda. A través de esos aparatos progresó la historia de la Revolución en estas cinco décadas. A través de ellos se había articulado sus argumentos, sus órdenes, sus citas, sus compromisos y, pocos lo saben, con ellos dedicó repetidas noches a comunicarse con congresistas y senadores norteamericanos —mientras más recalcitrantes en su contra, mejor— para, en vehemente tono de “Saulio, Saulio, ¿por qué me persigues?”, contarles su programa revolucionario y sus anhelos de paz y prosperidad y de barrer con la injusticia en suelo cubano. Noches enteras en esa actividad. “Senador, con su permiso. Larga distancia. Desde La Habana. Dice que es Fidel Castro. No. Ninguna broma. Fidel Castro”.

En un par de ocasiones, estando yo al otro lado de ese buró y mientras charlábamos sobre cualquier cosa, tuve oportunidad de disfrutar de la torpeza con que se desempeñaba al pulsar las teclas de los teléfonos. Tiene unos dedos largos y finos, de uñas cuidadosamente arregladas y probablemente esmaltadas como sólo se lo permitían los dones de la mafia en La Habana de los años 50, unos dedos sin duda delicados, diríase que femeninos y más femeninos aún a la hora de recibir su llamada y oprimir el botón de acceso a la línea que le indique su oficial de guardia. Da un golpecito sobre la tecla, como picoteando, para no lastimarse las uñas que, extraña pretensión, han sido limadas en forma puntiaguda.

“Esta mierda”, me dijo uno de esas veces, teléfono en mano.

En el cubículo contiguo, atendiendo la centralita, estaba el teniente coronel Cesáreo, un veterano de su escolta, que me había honrado con el beneficio de darme la espalda mientras yo hablaba con el Comandante, por lo que deduje, una de dos, o que mi persona gozaba de la mas absoluta de todas las confianzas o que no se me tomaba como un peligro potencial.

Esta mierda, yo debía saberlo, eran todos los teléfonos del mundo que requerían pulsarse.

Había sido una noche animada por la sorprendente conducta de Fidel. Era una en la que yo me sentía muy cerca de él, pero que a su vez me desconcertaba. El caso es que se mostraba urgido de una especie de sentimiento de solidaridad. No parecía serle suficiente mi natural admiración por su persona, por sus desempeños como jefe de la Revolución. Quería otra cosa. Un sábado de febrero o marzo de 1984. Fidel me mostró su último trofeo: un enorme tabaco, como de un metro de largo, colocado sobre una base de madera, enviado por el sindicato de una fábrica de puros que acababa de ganar una emulación productiva. "¿Qué te parece? ¿Um? Ganan la emulación y me mandan este tabacón. Nobles que son".

En efecto, había algo más que puerilidad en el diálogo. Algo que, me van a perdonar, era no sólo perturbador sino que reclamaba compasión. Quizá nadie mejor que yo en aquel momento para procesar toda la información que se estaba emitiendo y actuar en consecuencia porque soy un escritor y porque aprendí arduamente la lección de mi maestro Hemingway cuando dijo que un escritor tenía que acostumbrarse a su soledad. Aquel hombre no era un escritor, era seguramente por naturaleza un asesino tan despiadado como temperamental y no podía ser escritor porque carecía de una verdadera capacidad de abstracción y porque su pensamiento no era parabólico y por tanto no podía concebir moralejas amén de que en los próximos años, entre él y yo, estableceríamos argumentos de sobra para convertirnos en enemigos a muerte —y a muerte será, compañero— pero aquella noche probable de febrero, yo con mis reglamentarios jeans y chaqueta Levi´s y él con sus investiduras eternas de la guerra en la jungla, éramos dos seres equipados sólo con nuestras soledades, y como navajos con sus tesoros de baratijas, no teníamos otros bienes para compartir, dos náufragos que se intercambian saludos de desesperanza a lo lejos y en la vastedad del océano y de inmediato, impulsados por corrientes contrarias y que no dominan, siguen de largo, cada cual por su rumbo.

"Cojones —me dije—, pero qué soledad la de este hombre".

Devolvió el trofeo con el tabaco al librero detrás de él y debe haber pensado que su objetivo no había sido conquistado porque dio un sonoro suspiro, más bien un respingo, y me preguntó, imperativo: “¿Qué hora tú tienes ahí?”

Como si él no tuviera un reloj.

Claro, después de mi cuenta, el problema era que yo estableciera desde mi hora, su próxima arremetida.

“Las siete, comandante”.

Como las siete”, dijo, reflexivo.

Evidentemente una hora aún temprana para el efecto que quería lograr.

“Pues ahorita son como las nueve ¡y yo aquí todavía, trabajando!”

Volvió a su reflexión autocompasiva.

"Sábado por la noche y yo trabajando."

Muy difícil responder a una declaración como esta sin desbarrancarse en el plano inclinado de la adulonería más absoluta --e innecesaria. Tan difícil como ignorar la apetencia de un personaje de este calibre que lo único que te está pidiendo, y que él quiere y que necesita, es que tú le sueltes una sinecura, le digas que se esta sacrificando por el pueblo y que no tiene hora ni descanso en su entrega y que nada calma su dedicación total a la patria, en realidad, a las humanidad entera. En fin, que desesperaba porque lo mimaran. Que yo lo mimara. A Fidel Castro.

"No, del carajo, Comandante", dije, casi como quien ofrece un pésame por la muerte del padre, que es cuando, meditabundo, logré a plenitud, aunque casi involuntariamente, la precisión enunciativa que requería el momento, y le dije:

“Nadie en el mundo creería esto.”

Oh, cómo le gustó esa frase.

En realidad yo estaba pensando que nadie en el mundo creería que yo estaba en esa situación con Fidel Castro de no saber cómo agasajarlo por unos segundos y se me escapó en voz alta la expresión.

“¿Verdad?”, exclamó, el rostro iluminado.

“Nadie”, insistí, convencido.

“Un sábado por la noche y yo aquí, trabajando, mientras el pueblo se va por ahí, de fiestas. De verdad que nadie lo creería”.

Nadie. Nadie lo creyó. Ni siquiera lo supo. Pero, de cualquier manera, yo tuve conciencia aquella noche de que la banalidad, pese a consumir un alto por ciento de la existencia, nunca se reconoce en la Historia. El problema era entonces saber si podía escribirlo.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Héroe de dos patrias

Por Alvaro Alba
Periodista especializado en asuntos rusos. Acaba de terminar El enviado del Departamento Internacional, sobre Ramón Mercader y el asesinato de Trotsky.

El más aristocrático de los príncipes rusos y el más exitoso de los agentes del Kremlin. Viacheslav Vasiliechiv Tijonov ha fallecido. Las condolencias por la muerte del actor quien murió en Moscú a los 82 años de edad, fueron enviadas por el Presidente Dimitriv A. Medvedev y el primer ministro Vladimir V. Putin. Tijonov es recordado por su actuación en la serie de televisión 17 instantes de una primavera, símbolo —en la época de la Guerra Fría— del exitoso agente de los servicios secretos del Kremlin infiltrado en los altos mandos nazis. Fue tal el impacto que se convirtió Stirlitz en un héroe, lo mismo en Moscú que en La Habana. Aquel impávido, fiel, calculador y analítico agente era el prototipo del espía soviético. Pero también deslumbró Tijonov cuando interpretó al aristocrático príncipe Andrei Bolkonski en La Guerra y la Paz, cinta que logró un Oscar en 1968. Su carrera se remonta a 1948 cuando fue uno de los héroes del Komsomol en la epopeya de La Joven Guardia.

En 17 instantes de una primavera como coronel de la inteligencia militar Maxim Maksimovich Isaev, el Standartenfuher Max Otto von Stirlitz impidió las negociaciones entre Estados Unidos y la Alemania nazi finalizando la Segunda Guerra Mundial. La película salía al aire en 1973. Entre las leyendas del Kremlin existe la de que Leonid I. Brezhnev, entonces secretario general del PCUS, ordena condecorar al héroe de la cinta. Cuando se le informó que el personaje en cuestión era la sumatoria de varios casos de agentes en un solo personaje de ficción, ordenó entregar la estrella de oro de Héroe del Trabajo Socialista a Tijonov. Tuvo las máximas condecoraciones del país: Orden Lenin, Revolución de Octubre, los Premios Estatales y Lenin, una medalla del KGB y la exclusiva categoría honorífica de Artista Popular de la URSS. Desaparecida la URSS obtuvo las órdenes Servicio ante la Patria, de Cuarto y Tercer Grado, Orden de Honor y Premio Presidencial.

Desde que fue Stirlitz, se convirtió Tijonov un actor venerado por gran parte de los personajes del Kremlin; desde Brezhnev hasta Putin. Y debido a su personificación de un espía soviético modelo, un héroe del espionaje, caballero de capa y espada. Fue protagonista en otras cintas sobre el espionaje soviético como TASS esta autorizada a informar, Expansión, Una bomba para el señor presidente, etc.

Todas esas obras, incluida 17 instantes salen de la pluma de Yulian Semionov, quien compartió pupitre en la década de los 50, en el Instituto de Estudios Orientales de Moscú, con Evgueni M. Primakov, ex jefe del espionaje ruso y ex canciller. Curiosamente, nadie sabía entonces, que Semionov, siempre con el beneplácito del KGB, venían labrando el camino de la Perestroika rompiendo con el estereotipo del enemigo. No es de extrañar que Semionov terminara en el equipo de avanzada que le preparaba los discursos a Mijail Gorbachov. En la Lubianka le brindaban el material, y Semionov fabricaba los héroes. Pero aunque se confiaba en el actor, no todos en el Kremlin confiaban en el escritor. Ya para finales de los 60, el ideólogo de turno en el Kremlin, Mijail A. Suslov pidió detener la proyección de la serie por el alto índice de aprobación y admiración que tenían los personajes negativos: Walter Schellenber, jefe del contraespionaje alemán, y Heinrich Müller, jefe de la Gestapo. Pero lo que más molestaba era la recia personalidad del Stirlitz que interpretaba Tijonov. (Ya desde entonces y también en el debido silencio de los servicios especiales se establecía unas distancia entre Vladimir Putin y la gerontocracia).

Pocos personajes han tenido la influencia de Stirlitz en la sociedad y la cultura soviética y ahora en la rusa. Son miles las bromas que se escuchan en Rusia (una de las mejores decía que Stirlitz no estaba obligado a hacer cola para saludar al Fuherer debido a su condición de Héroe de la Unión Soviética), y en otra época en la URSS donde Stirlitz es siempre el héroe; mofándose de nazis, autoridades soviéticas y rusas. Putin, dicen sus biógrafos, consideraba a Isaev/Stirlitz, su modelo de héroe – el espionaje soviético y Alemania. Su última filmación fue en la segunda parte de Quemados por el sol, un drama sobre las purgas estalinistas que debutó en 1994 y también fue Oscar a la mejor película extranjera. Esta segunda parte saldrá el venidero 9 de mayo, Día de la Victoria sobre el fascismo, y nadie duda del éxito de la cinta que en ambas ocasiones condujo Nikita S. Miljalkov. Irónicamente el actor del agente Isaev/Stirlitz terminó su obra rodando la segunda parte de una cinta donde agentes del espionaje y la seguridad soviética acababan en el Gulag.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El documental sobre Feltrinelli


Para que la foto del Guerrillero heroico se convirtiera en la imagen más reproducida de la historia, se necesitó de tres personas. En primer lugar, el modelo, Ernesto Che Guevara, quien estaba en el podio durante la ceremonia fúnebre de las víctimas de la explosión de La Coubre. Después, el fotógrafo, Alberto Korda, quien retrató al argentino ese 5 de marzo de 1960. Y en tercer lugar, el divulgador, Giangiacomo Feltrinelli, el famoso editor italiano, quien obtuvo a mediados de 1967 dos copias de la fotografía de manos del propio Korda. La imagen había sido publicada solo en una ocasión en forma discreta en un diario habanero, convocando a una conferencia de Guevara. Pero al conocerse la muerte del Che, en octubre de ese año, Feltrinelli imprimió miles de afiches con la foto de Korda, lo que la convirtió en un verdadero mito e ícono revolucionario.

El controvertido Feltrinelli, miembro de una de las cuatro familias más ricas de Italia pero que se hizo revolucionario, pasó a vivir en la clandestinidad algunos años después, cuando formó un grupo ultrista y mantuvo contacto con los líderes de las Brigadas Rojas. En marzo de 1972, el cuerpo de Giangiacomo Feltrineli apareció bajo una torre de alta tensión en las afueras de Milán. Su cadáver estaba quemado y mutilado y rodeado por 43 cargas de dinamita. Nunca se ha aclarado la causa de su muerte.

Esta semana en Buenos Aires –en el marco de la Semana del Cine Documental Italiano, en la sala Arteplex- se exhibe un documental, dirigido por Alessandro Rossetto, que narra la vida y muerte del fundador de la editorial Feltrinelli y que, como su protagonista, no ha logrado eludir la polémica. Parte de la financiación del filme lo aportó la familia del editor por lo cual posee los derechos. Pero la dinastía Feltrinelli no quedó conforme con el trabajo del Rossetto, asi es que decidieron prohibir su exhibición en Italia.

Pese a su origen, Feltrinelli se vinculó en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial con la resistencia y después fichó por el Partido Comunista Italiano. En 1954, con al intención de publicar obras de contenido social y político, fundó en Milán Feltrinelli Editore, que luego ganaría prestigio. El primer tomo que publicó fue una biografía del indio Jawaharlal Nehru. En 1956 encontró en Berlín el manuscrito de la novela Doctor Zhivago de Boris Pasternak el cual lo publicaría en noviembre de 1957 en ruso e italiano. El libro fue prohibido en Rusia, causó la molestia de Moscú, y el PCI decidió expulsar al editor de sus filas.

Pero Giangiacomo Feltrinelli siguió con su izquierdismo y viajando por el mundo. Fue así como en 1964 llegó hasta Cuba donde quedó encandilado con Fidel Castro y el Che Guevara. Incluso en 1967 fue a La Habana buscando noticias del paradero de Guevara. Ahí fue cuando se apareció por el estudio de Korda. En ese mismo empeño llegó a Bolivia, donde logró encontrarse con el francés Regis Debray, que estaba en la clandestinidad.

El documental Feltrinelli –que ya se ha exhibido en Suiza, Alemania y Francia- comienza con imágenes de archivo en blanco y negro tomadas el día que su cuerpo fue encontrado. Junto con hacer un repaso a la vida del editor, muestra el trabajo de la casa editorial, pero en especial hace una descripción de la realidad editorial italiana.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Un fotógrafo épico y omnipresente

No hay un exponente de los clásicos fotógrafos de la Revolución Cubana que, como Ernesto Fernández Nogueras, haya cubierto tan ampliamente el período más emblemático de ese proceso. Fernández, quien este miércoles cumplió 70 años, apostó desde antes del triunfo revolucionario por captar la Cuba profunda; fue el primer “gráfico” que llegó a la zona de operaciones durante la invasión de Bahía de Cochinos o Playa Girón; retrató a Fidel Castro y al Che Guevara; cubrió como nadie la guerra del Escambray, y viajó a Angola y Nicaragua para captar la participación cubana en esos conflictos. En esta entrevista telefónica con Toda la noche oyendo pasar pájaros, Ernesto hace desde La Habana un repaso a su carrera y habla de su próximo proyecto.

¿Cómo llegó a la fotografía?

Eso fue bastante casual. Yo fui a trabajar en la revista Carteles a los 12 años, porque una de las directoras de las revistas que se editaban allí me conoció, y me dijo que para qué estaba estudiando, que mejor me fuera a trabajar con ella para que aprendiera un oficio. Que yo podía estudiar en la noche, ya que lo más importante en la vida es aprender un oficio. Ahí entré a la revista Carteles, y al año y pico de estar ahí, la revista cambio de dueño, para beneficio mío, porque llegó Carlos Fernández como director artístico. Me vió ahí, con 13 años, y me preguntó que hacía ahí. “Bueno practico dibujo, explanaje" que era como se llamaba el diseño antes. Y él me dijo, “ven que te voy a enseñar fotografía”. Ahí empecé esto.

¿Por qué comenzó a retratar a la gente pobre de Cuba?

Pues, como no permitían publicar fotografías a la gente que no era colegiada, a nosotros nos dejaban hacer uno o dos trabajitos al mes. Y bueno, teníamos que inventar trabajos, para poder competir, y llevar cosas agradables. Yo salía por las calles de La Habana a hacer fotografías, para después ponerles texto. Así empecé. Por eso tengo fotos como esa del Martí con los ojos tapados, del 57, la del Chori, la de Anselmo, en quien se inspiró Hemingway para hacer El viejo y el mar. Anselmo era un verdadero pescador, que yo lo conocí en su cabaña.

Y en eso triunfó la revolución.

Nosotros pertenecíamos al Movimiento 26 de Julio, porque en la revista Carteles se confeccionaba la versión clandestina del periódico Revolución. Ahí se revelaban las fotos que venían de la sierra y hacíamos otras cosas. Así nos incorporamos a la causa de la revolución.

¿Usted se relacionó con los otros fotógrafos emblemáticos de la revolución, como Korda y Salas?

Sí, porque toda esa gente venía de la revista Carteles, excepto (Osvaldo) Salas que venía de Nueva York. Yo ahí conocí a Guillermo Cabrera Infante, Caín, a Carlos Franqui, que eran compañeros míos de trabajo. (Raúl) Corrales venía de (la agencia de publicidad) Siboney y llegó a trabajar en la revista Carteles. Yo ahí hacía mis reportajes. De todo este grupito realmente salieron los fotógrafos de la época épica, de la década del 60. Ahí está Korda (Alberto Díaz Gutiérrez) y está Mayito (Mario García Joya), que se incorporó un poco después.

Pero a diferencia de ellos, usted retrató la revolución durante un período más extenso.

Realmente así ocurre. Claro, empieza la institucionalización de la Revolución, empiezan a oficializarse las cosas, y a mí lo que realmente me gustaba era el reportaje. Yo salí mucho con Fidel, pero cuando salía de viaje por el interior de Cuba. Por eso yo tengo las fotos de él con Sastre. Tengo las de la Crisis de Octubre: era el único periodista cubano que estaba ahí con (Anastas) Mikoyan. Cuando se conoce la muerte de la esposa de Mikoyan, Fidel se conmueve con él, y en medio de una discusión le dice “mañana te veo”, y al otro día Fidel lo lleva a Pinar del Río, un poco para aliviarle la presión, me imagino. Yo eso lo publiqué y además lo escribí. Yo he hecho muchos reportajes, y eso fue lo que seguí haciendo. Por eso yo me voy para la Lucha Contra Bandidos, porque yo pedí hacer reportajes y me pareció que era un hecho muy importante que estaba ocurriendo en Cuba. Por eso pido permiso y me voy para allá con Norberto (Fuentes). Después me metí en la Lucha Contra Piratas. Me fui dos meses con la Columna Juvenil del Centenario, me inscribí en una microbigrada para construir un edificio, pero no para que me dieran un apartamento, sino porque yo quería hacer un libro. De hecho fue el primer libro de fotografías que se publicó después del triunfo de la Revolución. Después me fui para Angola, y también tengo una muy buena colección de los cubanos luchando allá. Y también tengo una colección muy buena de los balseros.

¿Cuál de todos estos reportajes diría que es la clave de Ernesto Fernández?

Mira, esta misma pregunta me la hizo un periodista inglés y me quedé pensando. Porque ahora, el 26 de este mes, yo inauguro una exposición en Santa Clara de fotografías que, para mí, son las más importante del mundo. Durante 1959, hubo un congreso católico y trajeron a la capital a la Virgen del Cobre, y la pusieron en la Plaza de la Revolución. Eso era con antorchas, con todo, lleno de cosas, precioso. Y yo salí con mi cámara y una película de 160 ASAS, que había sacado recién la Kodak, y yo me dije "voy a tomar esto con luz ambiente, como salga, todo aquello de noche". Llegué a la plaza completamente llena. En ese momento llegó Fidel y se robó el show completo. Esa colección cumple 50 años este 26, y voy aprovechar una actividad que hay en Santa Clara, para hacer la primera exposición sobre eso. Esa creo que esa es una de las cosas que más me ha gustado de todo lo que he hecho, incluyendo la guerra.

Más de Ernesto Fernández en (1) y (2).


martes, 10 de noviembre de 2009

Presencia de Dalia

Es común escuchar criticas hacia Fidel Castro por su obsesión, durante décadas, de sacar del objetivo público a su familia y mantenerlos -supuestamente- en una burbuja. De dejar a sus hijos fuera, como si no existiesen, sin contacto con sus primos, los hijos de su tío Raúl. De negarse a hablar de su vida privada en las entrevistas. De no mencionar a su mujer, Dalia Soto del Valle. Pero desde otro punto de vista, lo que hace Castro eso es una verdadera muestra de cariño por los suyos. Nada más. De sacarlos del escrutinio y la amenaza permanente. Y mantener para sí un pequeño espacio -su casa- de intimidad.

Pero las circunstancias han cambiado. Con los hijos grandes y el viejo retirado, se pueden dar ciertas licencias, como esa secuencia fotográfica de Paris Match, donde -por primera vez en forma autorizada- se puede ver esa escena hogareña de Fidel junto a su prole, y como Antonio Castro conversa con su padre. Se nota el relajo que se vive en esa casa. Y como son los hijos -cada uno con su historia- los que ahora se preocupan del padre y están ahí para apoyarlo.

Es el triunfo del cariño de un padre por sus hijos. Pero por sobre todo, estas fotos son testimonio del triunfo definitivo de Dalia desde el silencio. Es su momento. Un giro que se comenzó a percibir en 2001 con el desmayo de Fidel en un podio y ella se abrió paso para ver a su marido; cuando su presencia en la primera fila de las manifestaciones se hizo cotidiana, y ahora, al poner a sus hijos como celosos y cariñosos guardianes de su padre.