| Julio César, después de una azarosa vida política, deja el poder y se retira a cuidar su plantas, en Las 12 pruebas de Asterix. |
lunes, 22 de octubre de 2012
El jardinero fiel
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Un fantasma te acompaña, Fidel
Por Norberto Fuentes y Pedro SchwarzeCon motivo del anuncio en Cuba de la designación del general Leopoldo Cintra Frías como nuevo titular del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), en reemplazo de Julio Casas Regueiro, fallecido en septiembre pasado, la agencia The Associated Press (AP) distribuye esta fotografía donde aparece supuestamente Cintra Frías marchando junto a Fidel Castro. El pie dice que fue tomada el 15 de enero de 1972 durante unos ejercicios militares en Cuba. La fotografía fue entregada a AP por la agencia cubana Prensa Latina, quien a su vez la obtuvo del MINFAR. Sin embargo, el hombre que camina a la diestra del jefe de la Revolución es el comandante Arnaldo Ochoa Sánchez, entonces jefe del Ejército Occidental, y quien también llegaría a ser general, pero que el mismo Fidel Castro mandó a fusilar el 13 de julio de 1989, luego de un controvertido proceso llamado Causa Número 1. Las maniobras efectuadas en un polígono de la región desértica de Guahanacabibes, en el extremo occidental de Cuba, fue un despliegue de fuerza y del más moderno equipamiento soviético para mostrar a una comisión del Ejército chileno. El militar que salta a tierra desde el vehículo de comunicaciones es el coronel Roberto Souper, que estará al frente del Regimiento “Tacna” y que se lanzará al frente de una columna de tanques contra el palacio presidencial de La Moneda, en Santiago de Chile, en una intentona golpista, en junio de 1973, dos meses y medio antes del derrocamiento definitivo de Salvador Allende por parte de Augusto Pinochet. La foto —es evidente— fue escogida por alguien en el MINFAR o en Prensa Latina que no sabe absolutamente nada sobre la historia de la Revolución Cubana. O sencillamente metió la mano en el bulto y sacó ésta. Total, ¿no son los dos medio indios, medio mestizos? Orientales, como se dice. La tercera parte de corpachón que le sacaba Ochoa a Polo y el típico gesto altanero que nunca llegó Polo a desarrollar son datos exclusivos del conocimiento personal. Eso tiene un remedio, no obstante. El consejo es que eduquen a sus nuevos dirigentes. Se trata de evitar estos garrafales errores publicitarios.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Dos islas bajo amenaza
El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, se vio obligado a llamar a una importante aliada en el Congreso estadounidense y explicarle por qué elogió hace poco a Fidel Castro. Netanyahu se refirió en buenos términos a Castro luego de que éste -en una entrevista con The Atlantic- criticó al Presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, por negar el Holocausto, y dijo que Israel tiene derecho a existir como Estado judío. El primer ministro declaró entonces que las palabras de Castro mostraban "un profundo conocimiento de la historia del pueblo judío y del Estado judío". El Presidente israelí, Simón Peres, incluso le envió a Castro una carta de agradecimiento por sus comentarios (ver aquí) y donde explicó que tanto Israel como Cuba son, de alguna manera, islas marcadas y aisladas por vecinos hostiles.Pero el elogio de Netanyahu molestó a la representante cubanoamericana Ileana Ros-Lehtinen, quien desde enero encabezará el influyente Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara. La oficina de Netanyahu dijo que "en respuesta a algunas preguntas", éste llamó a la congresista de Florida para decirle que sus elogios se habían limitado a las declaraciones de Castro sobre Israel y el Holocausto.
Lo cierto es que las diferencias entre Israel y Cuba desde la década de 1960 han estado marcadas por la lógica de la Guerra Fría y las alianzas (o por los enemigos) regionales de cada uno, por lo que los comentarios de uno y otro lado bien podrían abrir la puerta a mejorar sus contactos. Ambos países no tienen relaciones diplomáticas desde 1973, cuando Fidel Castro anunció la ruptura de los vínculos, en una conferencia en Argel, como muestra de solidaridad con el pueblo palestino y con su líder Yasser Arafat.
Sin embargo, la simpatía que expresa Fidel por los judíos bien podría estar anclada en su niñez. En vista de que sus padres no estaban casados, y que él y su hermano aún no habían sido bautizados, durante parte de su asistencia a los colegios católicos de Santiago de Cuba, los Castro fueron llamados "judíos".
sábado, 24 de julio de 2010
En tono verde olivo
Fidel Castro volvió a mostrarse en público este sábado. Se trata de la sexta ocasión desde el 7 de julio pasado. Hasta ahora había aparecido en buzo deportivo o con tenidas civiles. Pero ahora lo hizo con una camisa verde olivo, aunque sin los galones de Comandante en Jefe. Su aparición fue en Artemisa, un municipio al suroeste de La Habana, en un homenaje a algunos de los muertos en el alzamiento del 26 de julio de 1953, que él encabezó en Santiago de Cuba. Se trata de la primera ocasión en que se sabe que Castro se traslada fuera de la capital y por ende lejos de su lugar de recuperación desde julio de 2006, cuando se retiró del poder por una grave enfermedad. Además, en algunas de las imágenes, Fidel aparece de pie sin apoyarse en ninguno de sus acompañantes, a diferencia de cómo había ocurrido durante estos cuatro años. Incluso en una de la fotos aparece Ramiro Valdés, oriundo de esta villa y reconocido como un hombre de Fidel en el gobierno de Raúl Castro. Todas señales de que estaríamos frente a un nuevo round, de una disputa entre los dos hermanos Castro por ahora in crescendo, que intentaría dar Fidel.
lunes, 19 de julio de 2010
El profeta desarmado

Por Norberto Fuentes
Celia Sánchez diseñó los muebles para su construcción por la Empresa de Productos Varios (Emprova), o escogió los modelos para importar de Italia. La venerada compañera de Fidel desde la guerrilla de la Sierra Maestra tenía a su cargo este tipo de tareas, de ajuste de los detalles más delicados, en las obras de la inspiración del jefe. En este caso, era el mobiliario y los adornos del Palacio de las Convenciones que debía estar listo como sede de la Cumbre de los No Alineados, en septiembre de 1979. El Palacio, al oeste de La Habana, en la otrora barriada más aristocrática de Cuba —El Laguito—, forma en la actualidad parte del perímetro donde convalece Fidel Castro, a pocas cuadras de su búnker y sus casas de reserva. Por tanto, fue el lugar lógico para grabar la entrevista con sus declaraciones sobre la próxima guerra nuclear. Aunque el objetivo en medio de aquella atmósfera irreal de espacios vacíos y paredes esmaltadas de blanco distaba mucho de ser uno de los ejercicios clásicos de proyección política de Fidel.
Pocas días antes, el miércoles 7 de julio, Fidel desembarcó en un centro de investigaciones científicas (también ubicado en el perímetro de convalecencia) durante un tour sin propósitos claramente definidos, aunque con el beneficio evidente de la era digital: ser retratado con destino inmediato a los blogs oficiales, y sin que nadie de su crispante escolta le prohibiera a los muchachos presentes en el centro que se dieran gusto con las cámaras de sus celulares. El show mediático de grandes proporciones, el que nadie en el mundo iba a pasar por alto, Fidel de nuevo en la tele, como en los viejos tiempos, es anunciado el lunes, a través de todos los medios cubanos, como si fuera a comparecer ante las cámaras ese mismo día, cuando en verdad su tape lleva más o menos 24 horas grabado. (En un momento de la transmisión, Fidel se refiere a un artículo del 5 de Julio publicado hace seis días, lo que significa que el programa fue grabado el domingo 11.)
¿Pero qué ha ocurrido realmente para que se produzcan estas gestiones desesperadas de Fidel por acaparar el foco de la atención internacional? Aparte del enorme riesgo que ha corrido, dado que este es un tipo de producción que no podrá volver a repetir con el mismo grado de atención —es decir, la que merece un resucitado— hasta dentro de otros dos o tres años, suponiendo que le alcancen las fuerzas, no acaba de convencernos con sus angustiosos argumentos de la clase profeta desarmado. Raúl. El problema es su hermano Raúl. Raúl y el primer e inobjetable triunfo de política exterior del gobierno que éste encabeza. La liberación de los presos políticos mediante los servicios de la iglesia cubana y su entrega al canciller español Miguel Angel Moratinos ha superado las expectativas, no sólo de la contrarrevolución cubana de conducta clásica (como era de esperarse) si no la del propio Fidel Castro.
Ciertamente, no estamos ante ninguna jugada novedosa del gobierno cubano. Para ellos, liberar presos es un oficio. Tienen ahí el almacén de rehenes, y de pronto llega un senador o un reverendo, y la ofrenda es un reo. O dos. O tres. O un pelotón. La diferencia es que, en las negociaciones de los presos —cosa que se ha hecho habitualmente en Cuba, repito—, Fidel siempre utilizó instituciones extranjeras. Nunca se atrevió con nadie del patio y mucho menos la iglesia católica. Tiene su sentido, porque corres el peligro de fortalecer a un mediador dentro del país. Y estaba claro, según su lógica, que el único mediador confiable —aunque vaya a sonar pronto como un oxímoron— entre la Revolución y la contrarrevolución, tenía que ser un extranjero. Y los yanquis mejor que nadie, porque servía para una rápida identificación de propósitos propagandísticos. Aparte de que —está en los códices fidelistas— la iglesia es una institución que al final te traiciona.
Raúl, no obstante, con su acostumbrada frialdad y sostenida capacidad de cálculo, un verdadero artífice de la conspiración, jugó con una variante inédita, y en eso superó las asombrosas e inesperadas audacias de Fidel desplegadas hasta el presente. De todas las instituciones del país, la más débil es la iglesia católica, porque es a la que se le sabe más, y la que ha sido chantajeada en forma permanente durante los últimos cincuenta años. (Por supuesto, chantaje del que ustedes ya se han imaginado, aunque no abundaremos en esto ahora.) Y Raúl la llamó a filas. Y ella acudió. La oveja descarriada que regresaba al redil, por una vez en la historia, y para efectos de esta maniobra, era la iglesia. Lo demás, ustedes lo saben.
Así que, no es una victoria de la sociedad civil ni de nadie, sino la reiteración de una maniobra —aunque con un mediador inédito. En el país, por lo pronto, ni siquiera se sabe a quiénes están liberando. Pero Fidel comprende de inmediato que todos los líderes del mundo acaban de aceptar a Raúl como presidente de Cuba, y además tiene que tragarse la tarántula viva de verlo sentado con el cardenal Jaime Ortega y Moratinos viendo un juego de fútbol ¡en la sala de su casa! Para desvirtuarlo se manda hacia el centro de investigaciones a la hora de clases. Para rematar, la televisión. El martes, para una institución de economistas. El miércoles al Acuario Nacional. Y el viernes con los embajadores. Veremos dónde se apea mañana. Pero, aguántense, porque va a ocurrir hasta que se muera uno de los dos. ¿Y por qué el desespero, Fidel? Si a lo mejor te mueres último.
sábado, 15 de mayo de 2010
jueves, 14 de enero de 2010
Fidel más allá de las tareas
LOS VIEJOS BUENOS TIEMPOS. En la Casa de Protocolo número 6, conocida como casa de Gabo. Desde la derecha: Vilma Espín, mujer de Raúl Castro; Alcibiades Hidalgo, jefe del Despacho Político de Raúl Castro; Carmen Balcells; Rui Guerra, cineasta brasileño; Armando Hart, ministro cubano de Cultura; Carlos Aldana, secretario ideológico del Partido Comunista; y Norberto Fuentes.
Por Norberto Fuentes
El episodio de un extranjero que le solicita la libertad de los presos políticos a Fidel Castro, es algo que yo había conocido antes. Los campeones de la actividad son los extranjeros, los americanos —Jesse Jackson, Edward Kennedy, Bill Richardson— sobre todo. Carmen Balcells, la famosa agente literaria de Gabriel García Márquez, probó fortuna una vez. Aunque no creo que pensara con detenimiento en el terreno que se estaba metiendo, sino más bien que fue como aconsejando al cubano —con una frase de ocasión— para que saliera de “ese fastidio”. Ocurrió un poco después de las sidras, los besos y los abrazos de bienvenida al año 1986, y delante de la veintena de invitados que García Márquez tenía esa noche en su casa de Cuba, algo que ya se estaba haciendo una costumbre, “esperar el año en casa del Gabo”, una especie de coronación del Everest en el combinado de poder y gloria que se conocía entonces en Cuba, no tanto por Gabo sino por que Fidel hacía acto de presencia en cualquier momento.
Carmen había llegado esa misma tarde a La Habana para participar del exclusivo festejo, el último vuelo de Iberia del año 1985. Y Fidel se presentó en el recinto hacia las 12.30, luego de dedicar su noche a recorrer hospitales y visitar en su post operatorio al primer cubano con un corazón transplantado. Fidel estaba de pie. La puerta de salida al jardín estaba a su espalda. Carmen estaba a su lado y hablaban del desempleo mundial y de lo formidable que resultaba viajar en primera por Iberia cuando, de improviso, soltó aquello de: “Ah, oye, Fidel, ¿y por qué no acabáis de soltar a los presos políticos?” No puedo asegurar que fuesen las palabras exactas, pero sí que no se le debe haber olvidado lo que pasó a continuación. Casi nadie, hasta ese momento, había reparado en el personaje que yo tenía junto a mí, hundido en el cojín de un sofá beige, vestido con un terno de chaqueta negra pero sin corbata y que tomaba whisky con soda de un vaso enorme. Raúl Castro Ruz. Le bastó la brevedad del consejo de Carmen para saltar de su asiento —su vaso fue uno de los dos que de repente yo tuve en las manos— y comenzó la descarga de una virulenta diatriba. Era inadmisible que Carmen —ni nadie viniera del extranjero— se apeara con semejante solicitud. El gobierno cubano era el único en el mundo que se veía obligado soportar esa clase de cuestionamientos. No había un solo preso en Cuba que no hubiesen atentado contra los legítimos poderes del Estado cubano. La voz ronca y dura de Raúl surgía incontenible junto con sus argumentos. Fidel y Carmen parecían dos totems alrededor del cual se movía Raúl como en una danza de guerrero sioux. Carmen daba indicios de bascular levemente en el centro del círculo que describía Raúl —aguantaba con bastante entereza la embestida—, mientras Fidel se mantenía callado y con una inusitada expresión de ausencia. En su silencio, expresaba una cierta solidaridad con Carmen, y a su vez dejaba que el hermano desplegara su ataque sin contratiempos.
De cualquier manera Fidel estaba abocado a un dilema que requería de rápida solución. Raúl había colocado firmemente las desafiantes banderas de la Revolución ante uno de los temas más sensibles que la cercaban. Pero qué hacer con García Márquez, su amigo más útil en el ámbito internacional, su mensajero predilecto ante presidentes, príncipes, embajadores, amén de Hollywood, la Academia Sueca y todos los escritores del mundo. Era un asunto que afectaba directamente la majestad de sus relaciones públicas. Carmen Balcells no era cuestión de juego. A la figura administrativa más respetada y codiciada de las letras hispanas, su hermano Raúl acaba de convertirla en poco menos que un trapo de limpieza – desechable, por supuesto. ¡La mujer que atesoraba y distribuía la plata de García Márquez, Camilo José Cela y Mario Vargas Llosa, por nombrar las luminarias, humillada hasta el tuétano y temblando, literalmente temblando. Bueno, el festejo terminó más o menos como se pudo; algunos chistes forzados, algunas sonrisitas y unas despedidas bastante elusivas. Al otro día por la mañana, cuando Gabo me llamó, con la solicitud de que recogiera a Carmen (que se hospedaba en su casa) y me la llevara a pasear por La Habana, en aquella maravillosa y soleada tarde del invierno cubano, me dije: qué delicado Fidel, qué sabio. Conociendo de mis buenas relaciones con Carmen (sin que nunca me haya representado, aclaro) y siendo yo un escritor y no teniendo nada que ver con el severo empaque de los oficiales cubanos, llamó a Gabo para que yo le pasara la mano a Carmen. Fue el día que se puso en vigencia la ley del uso obligatorio del cinturón de seguridad en los coches. (Quedaban exentos los carros que no dispusieran de tales artefactos, es decir, cerca del 80 por ciento del parque automotor del país, puesto que eran los viejos campeones americanos de los años 50 que se mantenían en circulación, dando la pelea.) Me recuerdo de la fecha por los esfuerzos a que me obligó estrenar el cinturón del asiento derecho y amarrar allí a Carmen. Creí haber cumplido con eficiencia mi tarea, y el embrujo de aquella tarde de La Habana también debe haber contribuido, porque cuando se la devolví a Gabo, hacia las 5 de la tarde, la letanía de que sólo a ella se le ocurría “discutir con el hombre que más sabía en el mundo” se había disuelto. Tampoco fue complicado, con su reciedumbre de carácter, una catalana de cuerpo entero, entender perfectamente que tampoco los hermanos podían actuar de otra forma —mi principal argumento para calmarla.
Así que yo era un hombre feliz, un escritor que había acometido con todo éxito una tarea a favor de la Revolución fuera del campo de los libros, cuando la caravana de los tres Mercedes irrumpieron en la rampa. Carmen ya estaba dentro, merendando con la mujer de Gabo. Gabo y yo estábamos afuera, recostados a mi coche, hablando de mi paseo con su agente. El coronel Domingo Mainé, jefe de la escolta, abrió la portezuela del Mercedes y Fidel se dirigió directamente a nosotros. La angustia reflejada en su rostro era la adecuada para la pregunta que hizo a continuación, sin siquiera ocuparse de saludar primero: “Chico, ¿cómo está Carmen? Apenas he podido descansar por el incidente de anoche. Por la pena que tengo.” No me hacía falta más. De inmediato se me hizo evidente que la tarea de calmar a Carmen no había sido sugerida por Fidel. Había sido el propio Gabo el que la había ideado. “¿Qué se les ocurre a ustedes que podamos hacer por ella?”, preguntó a continuación. Su angustia parecía acrecentarse.
Yo estaba contrariado, lo confieso. Gabo era quien había resuelto el dilema por el Comandante. Una lección importante para mi futuro como escritor —¿o debo decir como revolucionario? Al haber cumplido una tarea del Gabo y no de Fidel, involuntariamente me podía haber situado en el bando de los perdedores. En el bando donde el muerto es el que debe borrar las huellas de su crimen.
lunes, 4 de enero de 2010
La señora Castro
Las imágenes dadas a conocer ayer por el gobierno nicaragüense, de una visita de Daniel Ortega a La Habana en abril pasado, muestran dos realidades del retiro de Fidel Castro. La primera es la debilidad de las piernas del Comandante, que cuando ha aparecido en las imágenes de pie siempre lo hace apoyado en sus invitados. Así ahora se muestra sentado directamente en una silla de ruedas. La otra realidad es el presencia poderosa de Dalia Soto del Valle, como esposa y guardiana de Fidel. Se trata de la primera vez que ambos, que se conocieron en los años 60 y que tuvieron cinco hijos, comparten unas fotos que se dan a conocer en forma oficial. El primer paso se produjo en noviembre pasado cuando Paris Match publicó fotos de Castro junto a algunos de sus hijos, durante una conversación con el director de cine Oliver Stone.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Fidel es su mismo sueño
Por Norberto FuentesEl 31 de agosto de 1986, luego de un interminable viaje de 17 horas desde La Habana, con escala en Islas de Sal, frente a Cabo Verde, Fidel Castro llegó a Harare (Zimbabwe) para participar en la conferencia cumbre de los países no alineados. Se instaló en el chalet de las afueras de esta bucólica ciudad que le habían adquirido y preparado los especialistas del Ministerio del Interior y que luego serviría como residencia permanente del embajador cubano. Había un jardincito amurallado contiguo a la puerta principal y el chalet era remoto y el mediodía sin sobresaltos cuando Fidel salió al patiecito desde adentro de la casa, enfundado con una bata de casa morada, que le caía hasta los tobillos, y pantuflas. Comenzó a dar unos pasos, las manos en los bolsillos de la bata, cuando advirtió la presencia de una docena de sus colaboradores arremolinados en el parqueo contiguo a la muralla y regresó a la casa. Entonces el que salió al patio fue el coronel Joseíto —José Delgado— el jefe de su escolta, que se viró hacia el grupo y dijo, en un auténtico tono de súplica: “Caballeros, coño, salgan de esa entrada y no miren más para acá, para que él se crea que está solo.” En todo el transcurso de mi experiencia cerca o junto a Fidel, éste lo tengo registrado como el momento más patético. Demasiado inteligente para saber que su soledad era un imposible, parecía contentarse con la creencia de una ilusión. No obstante —y eso quedaba por descontado— era una soledad que se garantizaba por el despliegue de una compañía reforzada de los rangers de Tropas Especiales traída desde La Habana para la ocasión y armada hasta con cohetes antiaéreos portátiles.
Implícito en la escena, ese cierto patetismo —término que no empleo peyorativamente—, es debidamente revelador de una personalidad en permanente lucha por asegurarse un perímetro de intimidad y hacerlo inviolable. Esto se expresa, más bien se justifica ideológicamente, de muchas maneras y ofrece además unos dividendos inesperados. La idea expresada en palabras del mismo Fidel es que no debe mezclar su vida personal con la política. En ese caso, por decantación, nada mejor que su guardia pretoriana para trazar y defender la frontera. Es donde hace acto de presencia su verdadera preocupación: disponer del mejor servicio de escolta del mundo. Idea y escolta que luego le sirven (lógico) para darse la gran vida en francachelas con el empleo de sus misteriosas casas de seguridad o, como ocurrió en una época, para eludir la persecución constante que Celia Sánchez —su compañera de guerrilla en la Sierra Maestra— le montó por toda Cuba cuando supo de los devaneos amorosos de Fidel con Dalia Soto del Valle.
En lo tocante a su familia, vale contarlo, este concepto de reducto fortificado ha sido defendido aún con mayor encarnizamiento. Estoy hablando de la familia verdadera, de esta señora, su mujer, Dalia, y de los cinco hijos tenidos con ella, en orden decreciente: Alex, Alexis, Alejandro, Antonio y Ángel. De vez en cuando, en los últimos tiempos, surgen algunas fotos de la intimidad familiar y se publican fuera de Cuba pero la explicación del establecimiento sobre estas filtraciones es de resignación: normal que ocurra porque cada uno de los muchachos ha crecido y ha cogido su rumbo. No los pueden tener siempre bajo protección del feudo. En realidad, bien mirada las cosas, pese a las escasas fotos publicadas en revistas de chismes fuera de Cuba, ha sido un triunfo del servicio de Seguridad Personal, porque hasta la mayoría de edad nunca hubo acceso ni siquiera a la imagen de los jovencitos.
Todo parte en su origen de un criterio elaborado por Fidel —que es político (aunque él quiera revertirlo como un asunto de seguridad)— y, en sus propias palabras, muchas veces vertidas en el círculo más estrecho de sus amigos, es el de no contaminar a su familia con el resto de sus subordinados.
Y no es solo para el vulgo. Ni siquiera Raúl Castro ha tenido acceso a esa familia y sus predios. Raúl se volvió loco de alegría el día que su hijo Alejandro, ya con más de 20 años de edad, vino a conocer finalmente a un par de sus primos, dos de los hijos de Fidel, de forma casual en una fiesta. Fue una ocasión de exaltación para el general de Ejército y jefe de las Fuerzas Armadas, al enterarse, y llamó a los subordinados que tuvo a la mano y mandó a buscar vodka para brindar por el encuentro. Y no solo el contacto de unos primos. El acceso de Raúl y sus familiares, al igual que el de cualquier otro ciudadano, a la piscina térmica bajo techo de la afamada clínica CIMEQ, está prohibido cuando Dalia la va a usar.
Las explicaciones para la conducta de Fidel y para el manto de protección en el que hace vivir a su familia pueden ser múltiples pero el argumento básico termina inexorablemente en la CIA. Claro, ésa es también una explicación externa. Y yo diría —producto de mis observaciones “at close range”—, que las razones pueden ser tan íntimas como las que reveló el coronel Joseíto aquella mañana de Harare. Sentirse solo. (Aunque ya debe ser muy tarde para que revierta el curso.) Así pues, hasta ahora, lo que hemos tenido es a un hombre que emite señales de distracción de manera constante, metódica. En fin, un hombre revestido de una corza de enigmas y que cuenta con el apoyo de todo el aparato represivo de un Estado para lograr su objetivo. Yo creí descubrir una fisura, sin embargo. Lo supe el día en que llegué a una simple conclusión literaria. La novela de la Revolución Cubana tenía que pasar por este personaje. Este fue precisamente el desafío que me llevó a escribir el libro que ahora se llama La autobiografía de Fidel Castro.
Entonces, en el silencio de mi imaginación, no solo surgió la biografía como un proyecto sino que tuve desde ese momento la comprensión de que iba a ser algo más complicado que un trabajo académico. No podía ser una biografía más sobre Fidel Castro, de las que atiborran los estantes. Pero hubo que atravesar una selva de contradicciones y aprender algunas cosas. La primera es que la única manera de realmente contar la historia es sin valoraciones morales. Lo segundo, que el viejo apotegma heminwayano de que debes escribir en primera persona para que te crean, podía ser también válido para contar la vida de un político cubano que ha acaparado la atención mundial durante los últimos 50 años. Esta era una nave que solo se podía manejar desde la cabina de mando. Ahí era donde yo tenía que situarme, tener la decisión de hacerlo y mantener la convicción de que la novela es un instrumento del conocimiento tan válido como el ensayo o la Historia, y mucho más allá aún, porque es el único completamente libre.
martes, 22 de diciembre de 2009
Noche de sábado con Fidel
Por Norberto Fuentes Tenía cuatro teléfonos negros sobre el buró, a la izquierda. A través de esos aparatos progresó la historia de la Revolución en estas cinco décadas. A través de ellos se había articulado sus argumentos, sus órdenes, sus citas, sus compromisos y, pocos lo saben, con ellos dedicó repetidas noches a comunicarse con congresistas y senadores norteamericanos —mientras más recalcitrantes en su contra, mejor— para, en vehemente tono de “Saulio, Saulio, ¿por qué me persigues?”, contarles su programa revolucionario y sus anhelos de paz y prosperidad y de barrer con la injusticia en suelo cubano. Noches enteras en esa actividad. “Senador, con su permiso. Larga distancia. Desde La Habana. Dice que es Fidel Castro. No. Ninguna broma. Fidel Castro”.
En un par de ocasiones, estando yo al otro lado de ese buró y mientras charlábamos sobre cualquier cosa, tuve oportunidad de disfrutar de la torpeza con que se desempeñaba al pulsar las teclas de los teléfonos. Tiene unos dedos largos y finos, de uñas cuidadosamente arregladas y probablemente esmaltadas como sólo se lo permitían los dones de la mafia en La Habana de los años 50, unos dedos sin duda delicados, diríase que femeninos y más femeninos aún a la hora de recibir su llamada y oprimir el botón de acceso a la línea que le indique su oficial de guardia. Da un golpecito sobre la tecla, como picoteando, para no lastimarse las uñas que, extraña pretensión, han sido limadas en forma puntiaguda.
“Esta mierda”, me dijo uno de esas veces, teléfono en mano.
En el cubículo contiguo, atendiendo la centralita, estaba el teniente coronel Cesáreo, un veterano de su escolta, que me había honrado con el beneficio de darme la espalda mientras yo hablaba con el Comandante, por lo que deduje, una de dos, o que mi persona gozaba de la mas absoluta de todas las confianzas o que no se me tomaba como un peligro potencial.
Esta mierda, yo debía saberlo, eran todos los teléfonos del mundo que requerían pulsarse.
Había sido una noche animada por la sorprendente conducta de Fidel. Era una en la que yo me sentía muy cerca de él, pero que a su vez me desconcertaba. El caso es que se mostraba urgido de una especie de sentimiento de solidaridad. No parecía serle suficiente mi natural admiración por su persona, por sus desempeños como jefe de la Revolución. Quería otra cosa. Un sábado de febrero o marzo de 1984. Fidel me mostró su último trofeo: un enorme tabaco, como de un metro de largo, colocado sobre una base de madera, enviado por el sindicato de una fábrica de puros que acababa de ganar una emulación productiva. "¿Qué te parece? ¿Um? Ganan la emulación y me mandan este tabacón. Nobles que son".
En efecto, había algo más que puerilidad en el diálogo. Algo que, me van a perdonar, era no sólo perturbador sino que reclamaba compasión. Quizá nadie mejor que yo en aquel momento para procesar toda la información que se estaba emitiendo y actuar en consecuencia porque soy un escritor y porque aprendí arduamente la lección de mi maestro Hemingway cuando dijo que un escritor tenía que acostumbrarse a su soledad. Aquel hombre no era un escritor, era seguramente por naturaleza un asesino tan despiadado como temperamental y no podía ser escritor porque carecía de una verdadera capacidad de abstracción y porque su pensamiento no era parabólico y por tanto no podía concebir moralejas amén de que en los próximos años, entre él y yo, estableceríamos argumentos de sobra para convertirnos en enemigos a muerte —y a muerte será, compañero— pero aquella noche probable de febrero, yo con mis reglamentarios jeans y chaqueta Levi´s y él con sus investiduras eternas de la guerra en la jungla, éramos dos seres equipados sólo con nuestras soledades, y como navajos con sus tesoros de baratijas, no teníamos otros bienes para compartir, dos náufragos que se intercambian saludos de desesperanza a lo lejos y en la vastedad del océano y de inmediato, impulsados por corrientes contrarias y que no dominan, siguen de largo, cada cual por su rumbo.
"Cojones —me dije—, pero qué soledad la de este hombre".
Devolvió el trofeo con el tabaco al librero detrás de él y debe haber pensado que su objetivo no había sido conquistado porque dio un sonoro suspiro, más bien un respingo, y me preguntó, imperativo: “¿Qué hora tú tienes ahí?”
Como si él no tuviera un reloj.
Claro, después de mi cuenta, el problema era que yo estableciera desde mi hora, su próxima arremetida.
“Las siete, comandante”.
“Como las siete”, dijo, reflexivo.
Evidentemente una hora aún temprana para el efecto que quería lograr.
“Pues ahorita son como las nueve ¡y yo aquí todavía, trabajando!”
Volvió a su reflexión autocompasiva.
"Sábado por la noche y yo trabajando."
Muy difícil responder a una declaración como esta sin desbarrancarse en el plano inclinado de la adulonería más absoluta --e innecesaria. Tan difícil como ignorar la apetencia de un personaje de este calibre que lo único que te está pidiendo, y que él quiere y que necesita, es que tú le sueltes una sinecura, le digas que se esta sacrificando por el pueblo y que no tiene hora ni descanso en su entrega y que nada calma su dedicación total a la patria, en realidad, a las humanidad entera. En fin, que desesperaba porque lo mimaran. Que yo lo mimara. A Fidel Castro.
"No, del carajo, Comandante", dije, casi como quien ofrece un pésame por la muerte del padre, que es cuando, meditabundo, logré a plenitud, aunque casi involuntariamente, la precisión enunciativa que requería el momento, y le dije:
“Nadie en el mundo creería esto.”
Oh, cómo le gustó esa frase.
En realidad yo estaba pensando que nadie en el mundo creería que yo estaba en esa situación con Fidel Castro de no saber cómo agasajarlo por unos segundos y se me escapó en voz alta la expresión.
“¿Verdad?”, exclamó, el rostro iluminado.
“Nadie”, insistí, convencido.
“Un sábado por la noche y yo aquí, trabajando, mientras el pueblo se va por ahí, de fiestas. De verdad que nadie lo creería”.
Nadie. Nadie lo creyó. Ni siquiera lo supo. Pero, de cualquier manera, yo tuve conciencia aquella noche de que la banalidad, pese a consumir un alto por ciento de la existencia, nunca se reconoce en la Historia. El problema era entonces saber si podía escribirlo.
martes, 10 de noviembre de 2009
Presencia de Dalia
Es común escuchar criticas hacia Fidel Castro por su obsesión, durante décadas, de sacar del objetivo público a su familia y mantenerlos -supuestamente- en una burbuja. De dejar a sus hijos fuera, como si no existiesen, sin contacto con sus primos, los hijos de su tío Raúl. De negarse a hablar de su vida privada en las entrevistas. De no mencionar a su mujer, Dalia Soto del Valle. Pero desde otro punto de vista, lo que hace Castro eso es una verdadera muestra de cariño por los suyos. Nada más. De sacarlos del escrutinio y la amenaza permanente. Y mantener para sí un pequeño espacio -su casa- de intimidad. Pero las circunstancias han cambiado. Con los hijos grandes y el viejo retirado, se pueden dar ciertas licencias, como esa secuencia fotográfica de Paris Match, donde -por primera vez en forma autorizada- se puede ver esa escena hogareña de Fidel junto a su prole, y como Antonio Castro conversa con su padre. Se nota el relajo que se vive en esa casa. Y como son los hijos -cada uno con su historia- los que ahora se preocupan del padre y están ahí para apoyarlo.
Es el triunfo del cariño de un padre por sus hijos. Pero por sobre todo, estas fotos son testimonio del triunfo definitivo de Dalia desde el silencio. Es su momento. Un giro que se comenzó a percibir en 2001 con el desmayo de Fidel en un podio y ella se abrió paso para ver a su marido; cuando su presencia en la primera fila de las manifestaciones se hizo cotidiana, y ahora, al poner a sus hijos como celosos y cariñosos guardianes de su padre.
miércoles, 28 de octubre de 2009
A la pregunta de Fidel, sólo asintió
La imagen de Camilo Cienfuegos viene a hacer justicia, al poner a un cubano en la Plaza de la Revolución y, como dije, a quitarle protagonismo al argentino Guevara. Ello aunque las dos esculturas metálicas estén observadas por la estatua de otro cubano: José Martí. La leyenda que acompaña la figura de Camilo-”vas bien Fidel”- en rigor histórico, nunca la dijo el guerrillero de la barba larga, del sombrero alón y de la sonrisa simpática y jodedora. Tras la pregunta de Fidel de “¿voy bien, Camilo?”, Cienfuegos sólo asintió, Una respuesta que bien podría interpretarse como se hizo ahora en este retrato gigante.
El hecho de que 50 años de su desaparición-muerte ocupe ese sital en la plaza se debería a la gestión del comandante, ministro y vicepresidente Ramiro Valdés, enfocado en los aspectos simbólicos, mientras Raúl Castro se dedica a los negocios y a mantener en pie al país. De hecho, pese a que formó parte de la columna guerrillera de Guevara, Valdés le hace este merecido gesto a Camilo, con quien tuvo una estrecha amistad en esos años de lucha.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Encuentro en el jardín
La prensa cubana publicó hoy una nueva foto de Fidel Castro en la que se lo muestra junto al presidente del Parlamento chino, Wu Bangguo, durante un encuentro que ambos mantuvieron el jueves en La Habana. Castro, de 83 años, aparece en un jardín, vestido con una fea camisa (no con ropa deportiva) y de pie dándole la mano a su invitado, quien además es el "número dos" del Partido Comunista de China. Como ya se vuelve habitual, el autor de la imagen es Alex Castro, hijo del ex Ppresidente cubano. Quedamos a la espera de que se den a conocer fotografías del encuentro que mantuvo Castro, también el jueves, con el presidente de la Asamblea General de la ONU, el nicaragüense Miguel D'Escoto. Tras la reunión el diplomático y ex sacerdote nicaragüense dijo "tendremos Fidel por mucho tiempo".
lunes, 24 de agosto de 2009
Posible sustituto de Korda
El primero de los Castro que tomó notoriedad fue Antonio, como medio de la selección cubana de béisbol, el mismo que este año fue víctima de un engaño desde Miami. Y ahora comienza a destacar, el mayor de los Castro-Soto del Valle, Alex. Hace dos semanas participó en una exposición de retratos de Fidel en el Hotel Nacional, con motivo del cumpleaños número 83 del ex gobernante. Y este fin de semana lo hizo como el fotógrafo oficial de su padre para el encuentro que mantuvo con un grupo de abogados colombianos. Algo así como lo fue Alberto Korda en los 60. Su fotos fueron publicadas en Granma, el lunes, a dos páginas.
Alex, en todo caso, ya tiene algún tiempo retratando a Cuba. Así, la principal imagen que ilustra esta nota es de agosto de 2005, durante una entrevista con la agencia Reuters, en momentos que presentaba una muestra de sus trabajos en La Habana.
domingo, 23 de agosto de 2009
Tengo la camisa blanca
Parace ser un avance. Por primera vez en muchos meses, yo diría que desde el mismo julio de 2006, Fidel Castro se ha mostrado ante una cámara sin buzo deportivo, sino que con una camisa blanca y con un aspecto menos demacrado que en otras ocasiones. La foto fue captada el viernes durante un encuentro con el Presidente de Ecuador, Rafael Correa, y fue difundida este domingo por el diario Juventud Rebelde. Pero no hay que creer que pronto se va a vestir de verde olivo. Así, hoy mismo se dio a conocer un video del comandante -el primero en 14 meses- durante su reunión con jóvenes venezolanos celebrada el sábado en La Habana. Allí se ve a Fidel nuevamente con una camisa blanca pero con una chaqueta de buzo azul claro.
jueves, 13 de agosto de 2009
El padre retratado por el hijo
Un exposición de fotografías de Fidel Castro, con motivo de los 83 años que cumple hoy el líder de la Revolución Cubana, fue inaugurada ayer en el Hotel Nacional, de La Habana. La muestra, titulada 83 motivos, incluye un retrato "muy reciente" de Castro, tomado por su hijo Alex. La imágenes van desde una foto tomada en 1955, en Nueva York, hasta la capturada por el hijo de Castro y Dalia Soto del Valle. Hay 16 obras de cada uno de los fotógrafos Liborio Noval, Osvaldo y Roberto Salas y Pablo Caballero, y tres pinturas. Algunas lo muestran con personalidades como el Papa Juan Pablo II (1998), el Presidente venezolano Hugo Chávez (2007), Ernesto Che Guevara (1959); con el escritor norteamericano Ernest Hemingway (1960) con el Nobel colombiano Gabriel García Márquez (1981) o al lado de Presidente chileno Salvador Allende (1971).
Poco a poco los "otros" hijos de Castro, ya no sólo Fidel Castro Díaz-Balart, han ido apareciendo a la luz pública y ante los ojos de los cubanos. El primero de ellos fue Antonio Castro Soto del Valle, quien es el médico de la selección cubana de béisbol. Este cambio coincide con el retiro de Fidel del poder, en julio de 2006.
viernes, 26 de junio de 2009
Sortear el bulto
Fidel Castro rompe su "silencio" de 10 días para salir en apoyo del Presidente de Honduras, Manuel Zelaya, ante las noticias de un posible golpe de Estado. Y lo hace la tarde del jueves con la incertidumbre de si el gobernante será o no capaz de mantenerse en el cargo, después de que los militares salieran a la calle, en reacción a la anunciada destitución del jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas por parte de Zelaya. La nueva, aunque breve, reflexión de Fidel deja en nada los reiterados comentarios de que su ausencia sería una prueba de alguna recaída en su estado de salud, y le permite al ex gobernante cubano sortear, con un tema regional, el bulto que representaba la situación en Irán y de la cual, seguramente, no quería referirse. Así asegura que interrumpe su trabajo "que estaba elaborando desde hace dos semanas sobre un episodio histórico (mantiene el misterio sobre qué), para solidarizarme con el presidente constitucional de Honduras, José Manuel Zelaya". Y recuerda el caso, varias veces mencionado con anterioridad, de Salvador Allende. "Sus palabras (de Zelaya, el jueves) nos hacían recordar el discurso del Presidente Salvador Allende mientras los aviones de guerra bombardeaban el Palacio Presidencial, donde murió heroicamente el 11 de Septiembre de 1973", escribió.El sitio web donde Castro publica sus artículos antes que en la prensa cubana, Cuba Debate, se renovó y ahora tiene la novedad de permitir hacer comentarios de las "reflexiones" de Fidel.
miércoles, 3 de junio de 2009
Nada que ofrecer en la mesa de negociaciones
En su última crónica, publicada en el diario español ABC, el escritor cubano Norberto Fuentes le recrimina al liderazgo cubano y a Fidel Castro de "haber destruido esa revolución" y "haber dejado podrirse el país en la pobreza". "No tiene ni siquiera el argumento del derrumbe de la URSS. No es un argumento válido porque él lo sabía. Y si tal era la certidumbre de sus miras estratégicas, qué medidas tomó ante la eventualidad. Una disposición a refrescar el ambiente cubano cuando se hallaba en la cumbre de su gloria y hasta con el modesto crecimiento de su economía de un 3% anual hacia mediados de los 80, hubiese elevado las posibilidades. Ni perdía la iniciativa, ni la base ideológica ni el poder", asegura el autor de La autobiografía de Fidel Castro. Para leer completa esta crónica pinche aquí.
miércoles, 29 de abril de 2009
A todos sedujo, menos a uno
Jorge Castañeda vuelve a publicar una columna sobre el tema cubano, pero esta vez sin tantas especulaciones y mayores interpretaciones. En ella aborda la reciente Cumbre de las Américas y el papel jugado por Barack Obama. "En su reflexión del 22 de abril, el Castro mayor subrayó que el presidente interpretó mal la declaración de Raúl al pensar que cuando dijo en Venezuela, el 15 de abril, que todo está sobre la mesa, incluyendo derechos humanos, presos políticos, migración, narcotráfico, etcétera, hablaba en serio. Obviamente, no: la mera mención por Raúl de presos políticos, por exaltado que se encontrara (basta ver las imágenes de los ocho minutos de su discurso en YouTube para entenderme), constituye una herejía para Fidel. Jamás ha aceptado la existencia de presos políticos en Cuba, ni piensa hacerlo. Tampoco, por supuesto, aceptó eliminar el impuesto sobre las remesas, ni, según portavoces oficiosos, la llamada tarjeta blanca para salir de Cuba. En otras palabras, le recetó a Obama lo que los franceses llaman une fin de non-recevoir: nada de nada".Para ver toda la columna completa pinche aquí.
El discurso de Raúl se puede ver aquí. Primera parte, segunda parte y tercera parte.
lunes, 13 de abril de 2009
El presidente blanco
Por paradójico que resulte, Obama es el nuevo Fidel, pero tan competente para el Tercer Mundo como para el Primero y el Segundo. Basta un paso en falso de Fidel, y todo se va al diablo. Al menos desde el punto de vista de su credibilidad, casi el único capital de que dispone ante los sectores de opinión pública que aún controla. A estas alturas del juego nos debemos preparar para lo impensable. Errático, envidioso, y hasta se le sale, impúdica, la veta de racista. En un escrito de abril 8, publicado de inmediato en la edición digital de Granma, amén de desdecirse de su declaración del día anterior ante los tres congresistas del caucus negro que lo visitaron en su casa —¿De qué manera podemos ayudar a Obama?, preguntó a los extasiados representantes—, atacó al presidente norteamericano por navegar en un mar de contradicciones y selló la pieza con la despectiva observación de que "el Presidente negro realizó con incuestionables resultados políticos su primera visita al exterior". Ni siquiera tiene un consejero al lado que le diga que eso no se debe hacer. Y si lo tiene, está muerto de miedo. Para leer el nuevo artículo de Norberto Fuentes pinche aquí.


