miércoles, 26 de julio de 2023

Glosario de términos controvertidos por el 50º aniversario del 11.09.1973


ALLENDE. Presidente constitucionalmente elegido en los comicios de septiembre de 1970 y ratificado por el Congreso pleno al no obtener la mayoría absoluta de los votos. Tal como ocurrió en 1958 con Jorge Alessandri, en 1952 con Carlos Ibáñez del Campo y en 1946 con Gabriel González Videla. Pese a lo que se pueda decir, hasta su elección como presidente, fue un político tradicional, en el sentido de que construyó una larga trayectoria en la vía institucional: 25 años como senador y un período de cuatro años como diputado.

DETENIDOS-DESAPARECIDOS. Ese y no otro es el término para referirse a estas víctimas de la dictadura. Nunca usar solo “desaparecidos”. Son personas que fueron detenidas por agentes del Estado y que hasta el día de hoy se ignora su paradero. Algunos de los cuerpos de esas personas se encontraron en fosas comunes o fueron enterrados en sitios clandestinos con el claro objetivo de ocultar los cadáveres y deshacerse del cuerpo del delito.

DICTADURA. A diferencia de muchos términos de este glosario, éste tiene una connotación negativa, por lo que los partidarios de una dictadura difícilmente se referirán a ella de esa forma. Como sea, una dictadura está presidida por un dictador y en algunos casos por un grupo de dictadores. En todo caso, durante un régimen de este tipo el término “dictadura” no es tolerado, por lo que hasta los medios y voces más críticas y opositoras evitan ese término, a modo de recurso de sobrevivencia.

EXCESOS. La forma eufemística para negar las violaciones sistemáticas a los derechos humanos, cosa probada que ocurrió en Chile entre 1973 y 1990, a través de las instituciones armadas y de sus aparatos represivos, especialmente la DINA y luego la CNI.

GAP. Son las siglas del Grupo de Amigos Personales. Evidentemente su nombre no dice nada. Fue la escolta armada de Salvador Allende, compuesta en sus inicios por jóvenes que tenían algún tipo de instrucción militar, especialmente del MIR y de la facción del PS conocida como los “elenos”. La necesidad de que Allende contara con una escolta fiel surgió tras el asesinato del jefe del Ejército, René Schneider, una estratagema para impedir la asunción del candidato socialista como presidente. Aunque no tenía un respaldo legal, no necesariamente era ilegal: Allende envió al Congreso en diciembre de 1971 un proyecto que creaba el Departamento de Seguridad de la Presidencia de la República el cual nunca fue despachado.

GOBIERNO MILITAR O CÍVICO-MILITAR. Es el que dirigió el país entre 1973 y 1990. El término “gobierno” así como el de “gobernante”, como otros términos de este glosario, no tiene connotación alguna, por lo que se puede referir a uno democrático, monárquico, dictatorial, etc.

GOBIERNO AUTORITARIO. Eufemismo para evitar definir el gobierno de Pinochet como dictatorial.

GOLPE DE ESTADO. Forma como tradicionalmente se conoce el derrocamiento de un gobierno, sin importar su génesis, origen o legitimidad. Puede ser contra un gobernante democrático o incluso contra un dictador. La cosa es que un golpe de Estado saca al gobernante de turno. En el caso de Chile este fue liderado por los tres comandantes en jefe de las ramas armadas y el titular de Carabineros.

GOLPE MILITAR. El golpe de Estado fue encabezado y realizado por las Fuerzas Armadas y Carabineros, independiente de que sectores civiles hayan instigado esa acción. Por eso es incorrecto hablar de "golpe cívico-militar", que una extensión que no corresponde del concepto "gobierno cívico-militar".

GUERRA. Para justificar la represión y las violaciones a los derechos humanos, se ha asegurado que “estábamos en guerra”, y que hubo “caídos de lado y lado”. Sin embargo, incluso en la guerra hay normas y aquí no se cumplieron ni respetaron. De cualquier forma, la inmensa mayoría de las víctimas no eran una amenaza para el gobierno que se impuso en 1973 por las armas que empuñaban, sino que por lo que pensaban, por su militancia política y por su deseo de acabar con esa dictadura.

MANDATARIO. Aunque es un término confuso, es preferible quedarse con la primera parte de la definición de la RAE: “Persona que ocupa por elección un cargo muy relevante en la gobernación y representación del Estado”. Es decir, con este criterio, Pinochet no fue mandatario.

MERINO. El almirante José Toribio Merino es considerado el máximo impulsor del golpe. Él no estaba al frente de su rama el 11 de septiembre de 1973, pero ese día se autoproclamó comandante en jefe de la Armada, desconociendo el mando del almirante Raúl Montero. Lo mismo ocurrió con el general César Mendoza, quien se autodesignó director general de Carabineros por sobre el titular hasta ese día, José María Sepúlveda.

PINOCHET. Fue el último de los jefes militares en sumarse a la conspiración para derrocar el gobierno de Allende impulsada inicialmente desde la Armada. Entre septiembre de 1973 y diciembre de 1974 encabezó la junta militar de gobierno.

PRESIDENTE. Augusto Pinochet fue presidente de Chile desde diciembre de 1974 y hasta marzo de 1990. Ser presidente no tiene nada que ver con cómo llegó al poder. Presidente viene de presidir, no de ser el legítimo gobernante de un país.

PRONUNCIAMIENTO MILITAR. Otro eufemismo, esta vez para referirse al golpe de Estado de 1973.

RÉGIMEN. Con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, se interrumpió en Chile el régimen democrático y comenzó uno de orden dictatorial. La palabra régimen no tiene en sí una connotación negativa. Se refiere a un ordenamiento político.

SUICIDIO. Salvador Allende se suicidó en La Moneda. Su decisión no puede considerarse como el gesto de una persona desesperada, sino un acto político, consciente, de consecuencia política y de fidelidad con sus partidarios y su historia. La versión del asesinato o de su muerte a manos de los golpistas fue descartada por las personas que estuvieron hasta el último minuto con él, y solo se mantiene en las mentes fantasiosas de algunos y de aquellos que no entienden la última decisión de Allende.

jueves, 13 de julio de 2023

34 años después


Por Filiberto Castiñeiras

El fusilamiento, en la madrugada del 13 de julio de 1989, hizo enmudecer a simpatizantes y detractores. Para los que de alguna forma vivimos aquellos momentos, no se borran de la mente las imágenes, las voces, los detalles.

En el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MinFar), se venían desarrollando diariamente, a las tres de la tarde, reuniones de análisis con motivo de lo que repentinamente se denominó «movimientos sospechosos» de embarcaciones en la zona de Varadero (en la península de Hicacos, unos 120 kilómetros al oeste de La Habana) que —se suponía— habían sido detectados por la propia contrainteligencia del Ministerio del Interior —y, lo más alarmante, según las informaciones que estábamos recibiendo, por el servicio de Guarda Costas americano, a través de los canales abiertos entre ellos y nuestras propias Tropas de Guardafronteras.

En las reuniones participaban algunos de sus más encumbrados oficiales y por el MinInt, el propio ministro, general de división José Abrantes; mi jefe inmediato Pascual Martínez, en el cargo que se denominaba primer sustituto; el jefe de la Dirección General de Contrainteligencia, el también general de división Manuel Fernández Crespo. Pero pronto comenzaron unas maniobras inexplicables. En los momentos de las más difíciles decisiones, Abrantes fue enviado por Fidel a México para llevar algún mensaje al presidente Salinas de Gortari.

Ahora era Pascual el que llegaba a mi oficina. Había entrado por la puerta trasera, después de dejar el ascensor que utilizaba el Alto Mando.

Venía con varios files bajo del brazo y cara de inusitada impotencia y desesperanza —si se me permite la descripción. Serían las cuatro de la tarde aproximadamente.

Al entrar, se recostó a una larga credencia que se ubicaba frente al buró donde yo trabajaba y sin mirarme, con la vista perdida a través de los ventanales que tenía al frente, dijo: «Ahí acabo de dejar la cola».

Se refería al chequeo personal que la contrainteligencia del MinFar venía realizando a varios de los cargos más importantes del MinInt —el supuesto sacrosanto Alto Mando.

Seguía sin mirarme, perdido en su pensamiento.

«Estamos metidos en esto hasta aquí», dijo por fin, con su mano derecha puesta horizontalmente a la altura de la nariz.

«Hay una propuesta de fusilar a diez, por lo menos. Hay quienes están pidiendo doce.»

Fui yo el que me quedé en una pieza esta vez. Me había mantenido de pie todo el tiempo y ahora me recostaba lentamente a mi buró.

Todos los movimientos de embarcaciones en esa zona del litoral habían sido autorizados. Los vuelos de pequeños aviones también estaban autorizados a entrar al espacio aéreo cubano por el MinFar a petición de la oficina del ministro Abrantes.

La realidad es que, desde el principio de los años 80, el comandante de la Revolución Ramiro Valdés, nombrado ministro del Interior por segunda ocasión, había emitido una «orden ministerial», donde autorizaba cualquier tipo de vía o acciones para burlar el bloqueo norteamericano.

Surgieron entonces los famosos lancheros. Estos personajes llevaban a Cuba tecnología y equipos de computación que en aquellos momentos no se podían conseguir de otra manera.

Entonces Pascual me dijo: «Dile a Nilda que traiga un cafecito y ven a mi oficina».

Nilda era una excelente y servicial mujer de tez oriental, pelo negro a la altura de las caderas, que atendía las labores de limpieza de todo el piso en que nos encontrábamos.

«La reunión vuelve a empezar a las 5», me dijo, a la espera del café. «En el vuelo que llega hoy de Panamá viene Márquez con una carta de Noriega. Ponte de acuerdo con Yoyi, para recogerlo en el aeropuerto y para que lo traigas al MinFar.»

Roberto Márquez era en ese momento el jefe del Departamento Operativo de Tropas Especiales y Yoyi —Jorge Lino Cancio Bello—, el oficial que se encargaba de gestionar las entradas y salidas de los casos operativos que, a su vez, entraran o salieran del país.

Tal cual, coordiné con Yoyi, recogí a Márquez en el aeropuerto, le expliqué las instrucciones, recogimos el sobre al pie del avión, y nos dirigimos al MinFar.

La tarde había sido de mal tiempo. Fuertes lluvias y vientos habían decorado la llamada Avenida Independencia (conocida regularmente por los habaneros como Avenida de Rancho Boyeros), con pencas de palmas, y hasta con el derribo de un poste del alumbrado, que recorrimos en silencio a lo largo de sus más de 7 kilómetros de culebreo hasta nuestro destino.

Llegamos al sótano del MinFar y ya nos estaban esperando. Después de saludar a los escoltas de Fidel, nos recibió Lorenzo, un joven, amable e inteligente oficial que era uno de los jefes de la escolta de Raúl, que nos acompañó hasta el cuarto piso.

Llegamos a una pequeña sala donde estaba Fidel, Raúl, Abrantes, Pascual y quizá alguien más que ahora no recuerdo.

Le entregué la carta a Pascual. Fidel vino hacia nosotros. «La carta de Noriega, comandante» dijo Pascual, extendiéndole la carta.

Fidel dio media vuelta y abrió el sobre y extrajo la carta. Una hoja con el sello de la República de Panamá y con no más de dos párrafos como todo contenido, según alcancé a ver a mi prudente distancia.

Fidel, sin levantar sus ojos de la carta, frunció el ceño, los labios apretados, y dio unos pasos hacia delante, como si leyera nuevamente.

Regresó y le dio la carta a Raúl, quien la leyó y a su vez se la pasó a Abrantes. De éste, a Pascual, y regresó a mí, con la instrucción de «llévatela y guárdala». Fue entonces en el camino a nuestra oficina que tuve oportunidad de leer el contenido de los dos párrafos. «Fidel el objetivo eres tú. Los gringos están detrás de ti.». El caso es que, a través de sus fuentes en la CIA y de vínculos americanos con el G-2 panameño, Noriega había obtenido la información pertinente. Tu nombre, Fidel, es el objetivo de la operación.

Comentábamos después en prisión (el Alto Mando del ministerio casi íntegro terminó allí), que esta alerta de Noriega fue el punto de no retorno en la decisión de fusilar a cuatro hombres.

Ahora había algo más que el argumento de algunas hipotéticas fallas de disciplina. Noriega, como decíamos, «había subido la parada». Noriega le había sacudido el piso a Fidel y le hizo darse cuenta de que esta era una oportunidad que los norteamericanos no iban a desaprovechar. Coger a Fidel con las manos en la masa… en el escabroso tema del narcotráfico.

Pero, desde luego, en posesión de esa alerta, él no iba a dejarse arrebatar el escándalo internacional. Esa sería su potestad. Y, a continuación, muy provechoso para el momento de crisis en el campo socialista, no perdería oportunidad para limpiar un ministerio del Interior cada vez más proclive a los aires de la perestroika.

Tenía que utilizar otra vez su astucia y su habilidad para cambiar la imagen del problema —como acostumbraba a hacer.

Para empezar, había que lucir inocente a todas luces, traicionado, engañado. Había que hacer sentir su poder, su cólera ante el engaño. Y, la única forma era tomar medidas drásticas con alguien incuestionable.

Su mejor general, su mejor estratega, uno de sus mejores y fieles compañeros. Y hacerlo acompañar rumbo al poste de ejecuciones por el condotiero emblemático de las Tropas Especiales del MinInt. Y, de paso, los ayudantes de cada uno de estos dos.

El fusilamiento —en su concepto— resultaba obligatorio.

En la foto, a mediados de los 70, desde la izquierda: el comandante Pascual Martínez Gil, jefe de Tropas Especiales; el primer teniente Conrado Rivera Guerra, jefe de la Segunda Compañía de la fuerza; el capitán Antonio Tengido González, oficial de Operaciones y una de las bajas cubanas más sensibles en Angola; el teniente Filiberto Castiñeiras Giadanés, ayudante de Pascual, y el legendario capitán Antonio de la Guardia, jefe de Operaciones. (Colección de Filiberto Castiñeiras. Copyright © 2023 Filiberto Castiñeiras. Prohibida la reproducción.)

lunes, 20 de marzo de 2023

Ha muerto Jorge Edwards

Jorge Edwards y Fidel Castro a bordo del buque escuela
chileno Esmeralda, en febrero de 1971, en La Habana.

Jorge Edwards falleció el viernes en Madrid. En este lapso se han escrito obituarios, artículos y comentarios sobre su vida y obra. Y en casi todos ellos se aborda con especial interés un punto común y reiterado en la vida del escritor chileno, tal vez algo desproporcionado para una persona que vivió 91 años: los tres meses que fungió como enviado del presidente Salvador Allende ante la Cuba revolucionaria.

Se refieren con dedicación al breve tiempo que Edwards fue encargado de negocios —en jerga diplomática, el sucedáneo de embajador— de Chile en La Habana, entre el 7 de diciembre de 1970 y el 22 de marzo de 1971, cuando salió de Cuba con destino a París para trabajar al alero de Pablo Neruda.

Su experiencia en la isla la relató en el libro Persona non grata, que se publicó en diciembre de 1973, en España. Es decir, cuando ya se había producido el golpe de Estado que derrocó a Allende, cuando Edwards ya no formaba parte de servicio diplomático chileno y cuando Neruda ya estaba muerto. Podemos agregar como hecho de la causa que el libro fue editado y salió a la venta cuando aún faltaban casi dos años para la muerte del dictador español Francisco Franco.

Ese paso de tres meses por Cuba marcó el distanciamiento de Edwards con esa revolución y con la izquierda, al sentirse víctima de hostigamiento del aparato castrista, percibir el ahogo de las voces críticas en la isla y palpar la construcción de un régimen hecho a la medida y beneficio de Fidel Castro.

En decenas de artículos publicados tras el deceso de Jorge Edwards no hay una línea crítica sobre esos días habaneros ni sobre su testimonio en forma de libro.

Lo cierto es que su gestión como enviado de Salvador Allende, mostró falencias desde el primer momento. Tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Chile y Cuba el 12 de noviembre de 1970 y la instalación casi inmediata en Santiago del ministro consejero y encargado de negocios de Cuba Luis Fernández Oña (el yerno de Allende), el paso lógico era el envío a La Habana de un encargado chileno para reinstalar esos vínculos.

El designado para una tarea que en ningún caso era un trámite sino que tenía una gran carga política y simbólica, fue Jorge Edwards. Él debía ser uno de los nexos entre Santiago y La Habana luego de seis años de quiebre, puntal de uno de los primeros países en América Latina que restablecía relaciones con Cuba, y actor esencial en los vínculos de dos gobiernos con una innegable simpatía ideológica.

Sin embargo, objetivamente Edwards no actuó profesionalmente como diplomático ni respondió a la confianza otorgada por el presidente de su país. Prefirió seguir sus intereses de escritor, por los que ya había sido invitado a Cuba en el pasado, como jurado de un concurso literario.

El mismo Jorge Edwards sostiene en Persona non grata (siempre leído con su debido grano de sal) que le dijo a Fidel: "Es probable que haya actuado más como escritor que como diplomático" y "Reconozco que en Cuba he sido un mal diplomático".

Además, no hizo el mínimo esfuerzo por averiguar antes de llegar a La Habana quién había sido su antecesor, es decir, el último embajador chileno hasta el rompimiento de relaciones en 1964. De haber hecho la pregunta, se habría enterado de dos temas relevantes: que era un familiar suyo y que no era un diplomático de paso que cumplió su función en La Habana y nada más.

Se llamaba Emilio Edwards Bello y era un primo del padre de Jorge Edwards. Alcanzó a vivir más de 20 años en La Habana, se casó con una cubana (hija de un general del ejército de la independencia), y fue testigo del triunfo revolucionario en 1959 y de los primeros años en el poder de Fidel Castro.

Edwards, Jorge, reconoce que no hizo “la pega” previa de averiguar quién había sido el último embajador chileno en La Habana. Lo confesó a su manera en Persona non grata, en una columna publicada en El País y en el libro Esclavos de la consigna. “Era una coincidencia de nombres [el de Edwards] en la que nadie en Chile, ni yo, se había fijado”, escribió.

Fidel Castro, el comandante del buque escuela chileno
Esmeralda, Ernesto Jobet, y Jorge Edwards, en febrero de 1971.

No pasó mucho tiempo para que Jorge Edwards se involucrara en La Habana con escritores cubanos a los que ya conocía y que empezaban a disentir con el régimen. Y el más destacado de ellos fue Heberto Padilla. El poeta, que se haría mundialmente conocido por su autocrítica, se la pasaba en las habitaciones que ocupaba el diplomático chileno en el Hotel Riviera, para conversar y aprovechar los licores y tabacos a los que Edwards tenía acceso por su condición de extranjero, a través de la “diplotienda” y en el “diplomercado”.

Meses después, cuando Edwards ya se había marchado de La Habana, su sucesor, el embajador chileno Juan Enrique Vega, le hizo saber, en comunicación enviada a París en julio de 1971, que tenía una “gruesa” deuda que pagar en la capital cubana. Se trataba de más de 4.200 dólares de la época por “gastos personales”, “como son licores, cigarrillos o comidas en restaurantes”, dice el cable.

La situación de Padilla, quien fue detenido el 20 de marzo de 1971, y su posterior autocrítica, el 27 de abril, así como la salida de Edwards de Cuba (el 22 de marzo) tras una larga discusión con Fidel Castro descrita con detalle en Persona non grata, son hechos que han sido comentados ampliamente. Y evidentemente están relacionados. Por más de 50 años se ha dicho que ese momento marcó el divorcio de una parte de la intelectualidad occidental con la Revolución Cubana.

Toda la evidencia muestra algo parecido, pero… ¡en sentido contrario! Fue Fidel Castro quien orquestó la autocrítica de Padilla para romper con esa intelectualidad que cada vez le resultaba más molesta y para cortarle las alas a aquella que decidiera acatar las reglas del juego del comandante. ¿Y Jorge Edwards? Bueno, él fue el personaje que necesitaba Castro para avanzar sobre Padilla, quebrarlo y llevarlo a esa burda actuación del 27 de abril en que se convirtió la autocrítica.

Además, con la salida precipitada de Edwards de la isla —Vega llegará recién a La Habana el 21 de mayo—, Castro se liberaba de un personaje que no solo no estaba haciendo su trabajo como enviado de Allende sino que más bien se mostraba desconfiado con un gobierno amigo y se había dedicado a revolver parte del gallinero cubano.

Las interrogantes que deja

Concluida la evaluación de lo que fue la vivencia habanera de Jorge Edwards, hay demasiadas dudas que el premio Cervantes 1999 nunca resolvió y ahora con su muerte quedarán para el terreno de las deducciones. Dudas que ya fueron planteadas por Norberto Fuentes en su libro Plaza sitiada. Fuentes es uno de los protagonistas de esa noche de la autocrítica porque fue el único que contradijo a Padilla, reafirmó su condición de revolucionario, la de Norberto, y echó por tierra la puesta en escena armada por el aparato cubano para cumplir con los objetivos de Fidel sobre los intelectuales.

La primera de esas interrogantes es quizá la más llamativa: ¿Por qué Edwards nunca firmó alguna de las cartas de apoyo a Padilla de los intelectuales europeos y latinoamericanos impulsadas esencialmente por Mario Vargas Llosa? El peruano escuchó de primera mano el relato de Edwards ya que acogió en Barcelona al chileno inmediatamente después de salir de Cuba y antes de que se presentara para nuevas funciones en París.

Heberto Padilla (izquierda) y Norberto Fuentes durante la
autocrítica del poeta, el 27 de abril de 1971.

Se podrá decir que no se hizo parte con su firma porque sus funciones de diplomático chileno y protegido por Neruda en París se lo impedían. Pero nunca consideró su trabajo de diplomático y enviado de Allende en La Habana para evitar molestar al gobierno cubano con sus reuniones de amigos escritores. ¿Por qué después sí?

Segunda cuestión. Padilla, que se acusó de antirrevolucionario y embarcó a todos sus amigos escritores, no mencionó a Jorge Edwards, por cuya razón él y su esposa, Belkis Cuza Malé, fueron arrestados. ¿O es que acaso la gente de la Seguridad del Estado, que “orientó” a Padilla en lo que debía decir en su autocrítica, le dijo que dejara fuera de eso a Edwards?

Última duda. ¿Por qué Jorge Edwards esperó casi tres años para hablar de lo que había vivido en Cuba? En los archivos de la Cancillería chilena, donde están sus despachos a Santiago, cuando era “nuestro hombre en La Habana” y luego consejero en la capital francesa, no hay nada de eso que escribió en Persona non grata. ¿No era relevante para el gobierno chileno el acoso que sufrió en la capital cubana? ¿Ni siquiera correspondía informar de la detención de un tal poeta Heberto Padilla, involucrado con el encargado de negocios de Chile?

Edwards dijo que Neruda le recomendó escribir de lo vivido en Cuba pero no hacerlo público, pero lo hizo como ya dijimos en diciembre de 1973, muy lejos de todo, en tiempo y espacio, y con varios muertos de por medio. ¿Es que Jorge Edwards le temía más al enojo o a ser reprendido por Neruda —quien aún no recibía el premio Nobel, algo que se anunció el 21 de octubre de 1971— que por Fidel Castro?

¿O es que acaso en esa conversación extensa de la noche del 21 de marzo y la madrugada del 22 se estableció un acuerdo, un pacto de silencio entre Jorge Edwards y Fidel Castro? ¿Un pacto cuyo plazo estaba vencido o podía darse por vencido en diciembre de 1973, considerando que el gobierno de la Unidad Popular era historia y Edwards había sido apartado del servicio exterior chileno y había iniciado su vida como exiliado en Barcelona?