martes, 29 de diciembre de 2015

Un hijo de Fidel Castro
despunta en la Cuba del deshielo


Publicado en La Tercera el 27 de diciembre de 2015

“Necesitamos avanzar. El pasado es el pasado”. Con esta potente frase Antonio Castro, uno de los nueve hijos de Fidel Castro, y actual vicepresidente de la Federación Cubana de Béisbol y de la Confederación Mundial de Béisbol y Softbol (Wbsc), respondió a un periodista de la cadena Espn sobre la presencia en la isla de cuatro beisbolistas cubanos, quienes dejaron su país para jugar en las Grande Ligas en EE.UU, pese a que hasta hace poco los deportistas que desertaban eran calificados por las autoridades como “traidores”.

Castro se transformó la semana pasada en el anfitrión por excelencia de la visita de una delegación de beisbolistas que juegan en la liga norteamericana, la MLB, y que impartieron una clínica a jóvenes deportistas como parte de un intercambio académico con la isla. Todo eso cuando se cumple el primer aniversario del anuncio de Raúl Castro y Barack Obama, de que abrían una nueva era en las relaciones y dieran los pasos para la apertura de las embajadas en Washington y La Habana. Y el béisbol puede ser fundamental. Al punto que el propio Antonio Castro, como ha venido argumentando desde hace al menos dos años, aboga para que los “peloteros” que dejaron Cuba puedan regresar e incluso formar parte de la selección nacional de ese deporte, el más popular del país.

Así Antonio Castro Soto del Valle, de 46 años, comienza a aparecer en un lugar destacado al frente de la Cuba del deshielo y las reformas, una nueva etapa que quedó ejemplificada en los abrazos que les dio a los beisbolistas cubanos de las Grandes Ligas José Dariel Abreu y Yasiel Puig. Sin embargo, no es ningún desconocido en Cuba, ya que su ascenso se ha venido produciendo desde hace algunos años.

Es el tercero de los cinco hijos que Fidel Castro tiene con Dalia Soto del Valle. Comenzó a salir del anonimato y de la sombra que impuso su padre a su familia cuando fue nombrado médico de la selección nacional de béisbol. Según algunas fuentes, mantiene una relación muy estrecha con su padre, algo que se acrecentó con los problemas de salud de éste. Como en 2001: cuando Castro se desmayó durante un discurso, fue Antonio el primero en llegar a su lado. Y a partir de 2006 formó parte del equipo médico del gobernante, desde la crisis intestinal de 2006 que obligó a Fidel Castro a delegar el poder en su hermano Raúl.

Antonio ya mostró su clase en 2013 cuando ganó la Copa Montecristo de golf, que fue disputada en el balneario de Varadero y en el que participaron 100 jugadores de 15 países. Su participación fue un claro respaldo al tímido intento de hacer surgir a Cuba en el circuito de ese deporte de elite que fue erradicado en los primeros años de la Revolución y que fue denostado por su padre y el Che Guevara -con una recordada partida, en 1960- para burlarse de Eisenhower.

Esa presencia disparó algunas críticas contra Antonio Castro, especialmente en la blogosfera cubana. Pero no tuvo comparación con lo sucedido en junio pasado cuando se vio a Antonio de vacaciones en un lujoso yate en Turquía, y cuando sus guardaespaldas agredieron a unos periodistas locales que querían captar imágenes de él. Nuevamente las voces del exilio y los foros en internet cuestionaron duramente la vida de lujos y privilegios de este miembro del clan Castro.

Pero más llamó la atención la crítica lanzada desde el interior de la isla, a través de un medio de la prensa oficial. Sin mencionar nunca el nombre de Antonio Castro, el periodista Alexander Ricardo publicó el 24 de octubre en el periódico Tribuna de La Habana, un artículo críptico titulado “Los viajes de Gulliver junior” donde se lee que “gracias a su padre, Gulliver junior viaja bastante seguido. Se le ve de gigante disfrutando en costas del Mediterráneo, o de enano aventurero sin problema en su vida, en su visa”.

Un comentario como este, en un régimen como el cubano, muestra que el desplante y la agenda de Antonio Castro comienzan a molestar en el sector más sensible del poder. E incluso revalida la eterna disputa entre Fidel y Raúl Castro. Esto, especialmente cuando son muchas las voces, dentro y fuera de la isla, que sostienen que el actual Presidente cubano pretende dejar las riendas del poder a su hijo Alejandro Castro Espín, un personaje hasta ahora opaco y desconocido. “Toda la dotación genética de Fidel Castro cayó en Antonio. Nunca la tuvo Raúl y no la tiene Alejandro. Antonio, en cambio, es muy buen mozo, carismático y todo un playboy”, aseguró a La Tercera, el escritor cubano Norberto Fuentes, autor de La autobiografía de Fidel Castro.

sábado, 20 de junio de 2015

Nikolai Leonov: "La experiencia demostró lo dañino que fue para Cuba su alianza con un solo aliado"

Nikolai Leonov entre Fidel Castro y Nikita Krushov con una máscara de gas, en 1963, en la URSS.

Por Pedro Schwarze 
Publicado en La Tercera, el 20 de junio de 2015

El primer hito en el acercamiento entre la Revolución Cubana y la Unión Soviética se produjo mucho antes del triunfo de los guerrilleros de la Sierra Maestra en 1959 o del viaje del viceprimer ministro Anastas Mikoyan a La Habana en 1960. Fue en mayo de 1953 a bordo del barco Andrea Gritti, que iba desde Italia al Caribe. Ahí se conocieron y trabaron amistad el diplomático soviético de 25 años, Nikolai Leonov, que viajaba para asumir sus funciones en México, y un joven Raúl Castro que regresaba desde Bucarest (Rumania) tras participar en el comunista Festival de la Juventud y los Estudiantes de ese año, y que protagonizaría junto a su hermano Fidel, dos meses después el asalto al Cuartel Moncada, considerado el hecho inicial de la revolución cubana.

Castro y Leonov se volverían a encontrar en México en 1956, cuando ya estaba en planificación la expedición del Granma y el inicio de la lucha guerrillera en Cuba. Los vínculos con los Castro y con el Che Guevara impulsarían la carrera del soviético a tal nivel que, tras dejar el servicio diplomático (tuvo que salir de México después que los rebeldes fueron detenidos por la policía mexicana y descubrieron una tarjeta de presentación de Leonov en un libro que leía Guevara) ingresó al KGB (estaba en Moscú cuando se enteró del triunfo revolucionario) y llegó a ser el “número dos” de esa organismo de inteligencia.

Esta semana, Leonov (86), quien es considerado por algunas fuentes como uno de los mentores del Presidente Vladimir Putin y que en la década pasada ocupó un escaño de diputado en la Duma, lanzó una biografía sobre Raúl Castro, en cuya presentación participó el canciller ruso, Sergei Lavrov. Nikolai Leonov, que llegó a tener el cargo de general de división del KGB, respondió por escrito a preguntas de La Tercera sobre algunos momentos históricos que le tocó vivir y donde explica su visión sobre el actual pie en las relaciones de Estados Unidos y Cuba.

Mucho se recalca la frase de que “en política no hay casualidades”. ¿Cuánto hubo de suerte y cuánto de planificación en su trabajo y en su amistad con los cubanos, incluido Raúl Castro?

Todos los episodios que marcaron el comienzo y el proceso de cimentación de mi amistad con Raúl Castro fueron el capricho de la suerte, las casualidades del destino en la época prerrevolucionaria.

¿Su experiencia en México y sus contactos con los cubanos de la expedición del Granma fueron determinantes en su intención de dejar el servicio diplomático e ingresar al KGB?

Mis encuentros con Raúl y el Che en México sirvieron de base para que el embajador soviético tomara la decisión de poner fin a mi carrera diplomática y mandarme de vuelta a la URSS por violar las reglas de conducta de un diplomático (por mantener contactos con personas “sospechosas”). Con esta marca regresé a Rusia sin chances de un buen empleo.

¿Cómo se enteró de que la revolución de los hermanos Castro había vencido?

Seguí la lucha revolucionaria de Cuba por la radio y la prensa, y estaba seguro de que terminaría inevitablemente en el triunfo de los barbudos. Pensar así era lógico, si se toman en cuenta todos los factores y, sobre todo, por la calidad de los líderes de aquella hazaña.

¿Su carrera recibió un impulso y tomó un camino distinto gracias al triunfo revolucionario en Cuba y su relación con los Castro?

En Moscú había poca información sobre los sucesos en la lejana Cuba porque en La Habana no había embajada soviética. Resultó que el único ciudadano soviético que había conocido a los líderes revolucionarios de Cuba en carne y hueso era yo. Me encontraron y comenzó otro etapa de mis ocupaciones. En 1958 comencé a trabajar con la Inteligencia soviética para ayudar, desde esas posiciones, al fortalecimiento de la Revolución Cubana.

¿Se le pasó por la cabeza sumarse al proceso cubano y quedarse en la isla?

Nunca pensé dejar Rusia para unirme a los revolucionarios cubanos. Estaba seguro que podía hacer mucho más quedándome en mi nuevo puesto. Creo que mi decisión fue correcta.

Con la elección de Allende, la vía armada de Fidel Castro se vio en peligro ante la opción electoral de Chile ¿Qué discusión se dio en la URSS sobre eso?

La victoria de Allende no convenció al Kremlin de que esa vía era viable. La teoría reinante, basada en el libro de Lenin El Estado y la Revolución, rezaba que el cambio radical era posible solamente si se destruía el Ejército tradicional y el aparato gubernamental antiguo. El golpe de Estado de Pinochet al parecer convenció al Kremlin en lo correcto de la teoría de Lenin.

Con Raúl Castro al frente del poder, Cuba inició un proceso de reformas. ¿Considera que esas reformas avanzan con un pie puesto en el freno, como consecuencia de la experiencia traumática que fue el término la URSS con la Perestroika?

Los cubanos acumularon una enorme experiencia en reformas positivas y negativas. La tragedia de la variante soviética es evidente y aleccionadora. El ejemplo chino también está a la vista. Ellos construyen su propio modelo del socialismo. La reforma es como la medicina. Si el reformista no cuida la dosis necesaria, el efecto puede ser dañino en vez de ser curativo. De la libertad es fácil caer en el libertinaje. En Rusia hemos visto de sobra los efectos de Perestroika.

Usted dijo que EE.UU. está perdiendo el control de América Latina, pero a la vez la apertura del entendimiento entre Washington y La Habana es interpretado como la apuesta de Obama por buscar una mayor influencia sobre la región ¿Acaso no es eso contradictorio?

Estados Unidos ya ha perdido el control que tenía antes sobre América Latina. Es obsoleto recordar la doctrina Monroe, la política del garrote, todas las formas de panamericanismo tradicional. El nacimiento de la Celac es la forma convincente de la madurez de la mentalidad latinoamericana y caribeña. La creciente presencia de China en el continente sudamericano es un factor que pesa más de lo que se ve en la superficie. EE.UU., que trató de aislar a Cuba, se vio en la situación de quedar aislado. Obama se dio cuenta de eso. Por eso trata de conservar los puentes y reparar aquellos destruidos.

¿Cómo se entiende el siguiente enredo: que Raúl Castro elogie a Obama y Obama se enfrente con Putin, cuando Putin se acerca cada vez más a la Cuba de Raúl Castro? ¿Ya no cuenta eso de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”?

En el mundo bipolar todo era claro. Cuba para sobrevivir necesitaba un poderoso aliado, que era la URSS. Ahora el mundo es diferente. La Habana es parte de la familia latinoamericana y caribeña. Su cuerpo y alma están allí. La experiencia histórica demostró lo dañino que significó para Cuba su alianza con un solo aliado, independiente del poderío que este tenga en ese momento. Del trío que usted menciona (EE.UU., Rusia, Cuba) cada uno de esos estados tiene sus propios intereses y actúa de acuerdo a ellos. Es un triángulo donde no hay aliados, ni visibles enemigos con intereses en conflicto en el continente americano. Rusia y EE.UU. arreglan sus cuentas en otros parajes.


Cuando la entrevista ya había sido publicada en La Tercera, llegaron estas dos respuestas.

Hubo muchos momentos de tensión entre La Habana y Moscú. ¿Qué rol jugó usted en esos momentos?

Los momentos de tensión en las relaciones entre Moscú y La Habana fueron muchos, los más importantes se mencionan en el libro. Siempre cuando tenía oportunidad empeñaba todos los recursos para suavizar o limar definitivamente los obstáculos que causaban problemas. Las razones de carácter estratégicas lograban superar las diferencias de criterio menos importantes.

Cuando se produce lo de Playa Girón o Bahía de Cochinos en 1961 ¿es cierto que Nikita le dejó a usted su despacho de líder máximo para que averigüe lo que estaba pasando en Cuba?

En los días de la intervención armada de la brigada de mercenarios apoyados por la CIA yo realmente me encontraba en el despacho del presidente del KGB (Vladimir Semichastny) y reflejaba en dos mapas de Cuba la situación que pintaban las agencias informativas de EE.UU., por un lado, y la que resultaba según informaciones de la embajada soviética en La Habana y fuentes del gobierno Cubano. La diferencia resultaba abismal. Verdad y mentira, en rojo y negro. A ratos Kruschev llamaba para recibir la información fresca.

lunes, 13 de octubre de 2014

El "zar de las reformas" cubanas gana más poder

Publicado en La Tercera,
el 11 de octubre de 2014


La medida anunciada hace dos semanas muestra que las cosas no caminan como se esperaba. De otra forma no se explica que el “zar de las reformas”, Marino Murillo, el mismo que estuvo al frente del Ministerio de Economía entre 2009 y 2011, tras lo cual ascendió a jefe de la Comisión Permanente para el Desarrollo y la Implementación de los lineamientos (a cargo de las reformas), regrese como titular de esa cartera, pero con mayores atribuciones. Eso, en momentos en que hay pocas señales de que la economía cubana gana dinamismo y cuando se apuesta al siguiente paso en las reformas y quizás uno de los más difíciles: la unificación monetaria en la isla (actualmente existe el peso cubano y el CUC, o peso convertible que tiene paridad con el dólar).

Murillo es un economista de 53 años que pertenece a la generación de jóvenes dirigentes comunistas, igual que el primer vicepresidente del Consejo de Estado, Miguel Díaz-Canel, señalado como un fuerte candidato para relevar a Raúl Castro en 2018. Nació en febrero de 1961, es decir, dos años después del triunfo revolucionario. Asistió al Colegio de la Defensa Nacional, donde se especializó en Economía, y buena parte de sus estudios universitarios los hizo en la ahora desaparecida Unión Soviética.

De “funcionario de base”, tuvo una progresiva carrera en el aparato estatal, con varios cargos en el Ministerio de Industria Alimentaria. Pero sus verdaderos ascensos los logró cuando en 2006 fue designado viceministro de Comercio Interior y en 2009, cuando fue nombrado titular del Ministerio de Economía y Planificación. Esos nombramientos se dieron en momentos de fuertes cambios en la cúpula del poder cubano. En 2006, Fidel Castro -quien fue operado a consecuencia de una grave enfermedad- fue relevado por su hermano Raúl. Dos años después, el nuevo gobernante isleño asumió en propiedad como jefe de Estado y poco a poco puso a hombres de su confianza en los cargos ejecutivos.

El desafío con el que Murillo asumió era impulsar la apertura económica, hacer rentables las empresas estatales y sentar las bases para que la economía cubana fuese viable y no sucumbiera en la falta de recursos y la inoperancia, después de décadas subsistiendo gracias a la ayuda soviética y después plenamente dependiente del sector turístico.

Con ese objetivo se recortaron puestos en el aparato estatal y se permitió la aparición de pequeños negocios particulares, muchos de los cuales ya funcionaban en forma clandestina o sumergida. Se aprobó la compra y venta de viviendas y vehículos y se eliminaron muchas de las trabas para viajar al extranjero. Además, Marino Murillo fue la cara visible de iniciativas como la Ley de Inversión Extranjera, que busca atraer capitales foráneos.

A Murillo no se le atribuyen ambiciones políticas y tiene fama de administrador pragmático y tecnócrata meticuloso. Quizás por eso no afectó a su carrera la huida de su hija a Estados Unidos en 2012.

Pero los ansiados beneficios de esas reformas no se traducen en una mejora en las condiciones de vida y el gobierno ahora se enfrenta al desafío de terminar con la duplicidad monetaria, que en opinión de algunos analistas ha sentado, durante años, las bases para el establecimiento de una doble economía ficticia.

Murillo, pese a regresar a ser ministro de Economía -con la apuesta de “armonizar e integrar a un nivel superior el proceso de actualización del modelo económico”, como sostuvo el comunicado oficial-, mantiene los puestos que acumuló en estos años: vicepresidente del Consejo de Ministros, miembro del Politburó del Partido Comunista y jefe del equipo económico.

Lo cierto es que los números no son auspiciosos. La desaceleración de la economía es mayor a la esperada; los ingresos por turismo bajan; los de las exportaciones de níquel no crecen, pese al aumento del precio; buena parte del presupuesto nacional se va en importaciones de alimentos, y pese a los esfuerzos, la industria nacional no despega.

En marzo, Murillo declaró ante el Parlamento local que Cuba aspira alcanzar un ritmo de crecimiento anual de entre el cinco y el siete por ciento, “y para conseguirlo se hace necesario alcanzar tasas de acumulación (de capital) del 20 al 25%, mediante créditos e inversión extranjera directa”.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Treinta miradas de un
Lezama Lima íntimo y desconocido


El escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976) no era muy dado a dejarse fotografiar. De hecho, la gran mayoría de las fotos que se encuentran en internet, corresponden al autor de Paradiso y Dador detrás de una mesa, durante una conferencia, en algún evento público o como mucho en su estudio. Ya por eso resulta llamativa la exposición del fotógrafo cubano Iván Cañas “Lezama inédito”, que acaba de abrirse al público en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en Ciudad de México, porque muestra al poeta, novelista y ensayista en la intimidad de su casa o posando en el Paseo del Prado en La Habana. En esta entrevista con Cañas (La Habana, 1946), quien salió de Cuba en 1992, cuenta cómo y cuándo tomó las 30 fotos que componen su muestra, la cual ya fue exhibida en Miami en 2010 con motivo del centenario del nacimiento de Lezama Lima.

¿Cuándo tomó esas fotos?
En 1969 y en 1970. Las primeras fueron dentro de su casa, en la intimidad familiar, con su esposa… Tú sabes que él era gay, o sea, un gay de clóset, pero él estaba casado. Al año siguiente fui otra vez y logré sacarlo de la casa y fuimos al Museo de Artes Decorativas, que tiene un jardín muy lindo, muy lleno de vegetación. Ahí iba con otra ropa, con un traje, porque en las primeras fotos sale con una guayabera. Y la segunda vez también lo saqué caminando, a dos cuadras de su casa, al Paseo del Prado, un lugar muy emblemático de La Habana.

¿Cómo era como modelo, para las fotos?
Era un hombre que no le gustaba posar, no le gustaba la fotografía. Lo que pasa es que yo le caí bien. Hay muy pocas fotos de ese tipo, de la intimidad.

¿Para qué tomó esas imágenes de Lezama Lima?
La primera vez yo fui a su casa con mi maestro, que era el pintor Raúl Martínez, para mostrarle la maqueta de un libro de fotos, un ensayo fotográfico, sobre la vida del hombre común en Cuba (que años después se publicaría con el nombre de El cubano se ofrece). Con la ayuda de mi maestro, armamos un libro con unas 50 fotos. Hicimos una maqueta del libro, antes de llevarlo a imprenta, que quedó preciosa porque el mismo Raúl la diseñó, y cuando la tuvimos lista, me dijo: “Vamos a llevársela a un amigo mío”. Yo conocía a Lezama Lima de nombre, desde luego. Era una gloria, sobre todo de la literatura underground, porque no tenía cobertura en ese momento. Raúl me dijo “es una persona muy culta y vamos a ver qué opina del libro” y fuimos a su casa. Yo llevaba la cámara arriba y, estando ahí, parece que le caí bien al hombre. Vio el libro y le gustó mucho, el no sabía mucho de fotografía, pero bueno, nos atendió muy cordialmente. Como había un buen ambiente le pregunté: “Maestro, ¿le puedo hacer unas fotos?”. “Pero sí, muchacho, haz lo que tú quieras”, me respondió. Entonces lo empecé a mover por la casa con la que fue su nodriza y con la esposa, y tomé fotos de ellos tres, de él solo sobre todo, de él con los cuadros que le habían pintado sus amistades.

¿Y la segunda ocasión?
Inexplicablemente, porque Lezama Lima ya estaba censurado, me mandaron de la revista Cuba a hacer unas fotos de él, para un reportaje para la agencia Prensa Latina. Al principio pensé que nunca se habían publicado, pero sí se llegaron a publicar unas cuatro o cinco fotos de esa segunda visita.

¿Cómo surgió la idea de hacer la exposición?
Los negativos de la primera visita eran míos, desde luego, pero los de la segunda no sé cómo me pude quedar con ellos. Pasó el tiempo, pasaron 40 años y un amigo en La Habana que me había guardado los negativos, me mandó un correo donde me decía: “Iván, dentro de cuatro o cinco meses va a ser el centenario de Lezama Lima” que había ido cogiendo un perfil mundial. Le encontré toda la razón, y me puse a buscar en mi archivo. Mi amigo me dijo “revisa las fotos porque son muy buenas”. Habían estado varios años en su casa, guardadas, y efectivamente me di cuenta que había fotos interesantísimas. Así fue como les plantee a los organizadores de la Feria internacional del Libro de Miami la idea de montar una exposición, les gustó la idea y se hizo la primera exposición. Le puse “Lezama inédito”, porque realmente eran fotos que no se conocían prácticamente en ningún lugar del mundo.

miércoles, 6 de agosto de 2014

El regreso de Alina

Con su padre biológico, el día de su primera boda, en 1973.
Publicado en La Tercera el 6 de agosto de 2014

Con un pasaporte cubano y acompañada de su hija llegó a La Habana, el domingo, Alina Fernández Revuelta, la hija extramatrimonial pero reconocida de Fidel Castro. Fue un viaje tan sorpresivo como inesperado, ya que la mujer, que ha vivido los últimos 21 años en Estados Unidos como una ácida y ferviente crítica del régimen que instaló su padre en Cuba, decidió volar hasta la isla ante el grave estado de salud de su madre, Natalia Revuelta, de 88 años. Así lo aseguraron a La Tercera varias fuentes con altos contactos en Cuba y con vínculos de amistad con Fernández.

Según esas versiones, el jueves de la semana pasada, Revuelta, quien tuvo una relación amorosa con Fidel Castro en 1955, estaba duchándose en su casa del Nuevo Vedado, donde vive sola, cuando se cayó y se golpeó la cabeza. Pensó que no había sido nada, se reincorporó y se arregló para salir. Sin embargo, cuando iba caminando, el dolor en la cabeza aumentó y la fiebre le subió. Fue llevada al prestigioso centro médico Cimeq, pero luego trasladada a la llamada “Clínica de 43”, donde fue internada. Tenía un coágulo en el cerebro, por lo que fue operada. En forma paralela comenzaron los frenéticos intentos por contactar a su hija Alina, en Miami, algo que sólo se logró el sábado. Ante la gravedad de la situación de su madre, tomó el primer vuelo disponible a La Habana, la mañana del domingo.

Fernández nació en marzo de 1956, fruto del romance entre Castro y Natalia Revuelta. En esos años, Revuelta, una mujer que deslumbraba por su belleza, vivía cómodamente y estaba casada con un afamado cardiólogo, Orlando Fernández, con quien tenía una hija. Pero estaba muy interesada en la política, gracias a lo cual conoció a Castro y quedó embarazada de él. Eso ocurrió antes de que Castro partiera a México, donde preparó su regreso a bordo del yate Granma.

Tras el triunfo revolucionario, su ex esposo y su primera hija, Natalí, partieron rumbo a Estados Unidos. Muchos años después, en 1993, en medio del Período Especial tras la caída del bloque socialista europeo y el fin de la Unión Soviética, hizo lo mismo Alina. Era impensable que la hija del Comandante en Jefe, que en ese tiempo estaba dedicada al modelaje y cuyos escándalos estallaban a cada momento, le permitieran dejar el país y sumarse al exilio. Por eso lo hizo disfrazada, con una peluca y con un pasaporte falso, rumbo a Madrid. Todo financiado por la revista Paris Match y con la ayuda, entre otros, de su amigo de infancia Osvaldo Fructuoso. Se instaló en Estados Unidos y en 1997 publicó el libro Alina. Memorias de la hija rebelde de Fidel Castro, que le costó una millonaria demanda de su tía, Juanita Castro -quien vive también exiliada en Florida-, por las descalificaciones en contra de sus abuelos Angel y Lina. Fernández (de los siete hijos reconocidos de Fidel Castro es la única mujer) se sumó a los sectores más radicales del anticastrismo y comenzó a participar en diferentes programas de radio.

Durante todos estos años, nunca completó sus trámites para obtener la ciudadanía estadounidense, razón por la que viajó a La Habana con un pasaporte cubano vigente. Sólo en mayo pasado y frente al cambio de las leyes migratorias cubanas impulsado por el gobierno de Raúl Castro, declaró en una entrevista con la agencia española Efe que tenía “la sensación y el instinto” de que “todavía” no era el momento de viajar a la isla. “No quiero tener problemas. A estas edades (58 años) una es menos aventurera (...). Me da mucha pena, porque mi madre está mayor (...) y ver a tu madre y querer hacer algo por ella es una ley de la naturaleza, es algo visceral”.

Es conocido que Fidel Castro le mandó a decir a Alina Fernández que era libre de volver a Cuba cuando lo quisiera. Y Raúl Castro ha sido un firme partidario de los reencuentros en su familia, tanto así que facilitó durante años los viajes de la primera esposa de Fidel, Mirta Díaz-Balart, desde España a Cuba, para reunirse con su hijo “Fidelito”, y visitó el sábado pasado a Natalia Revuelta para enterarse de su situación. De cualquier forma, la noticia del viaje de Fernández demuestra la capacidad del gobierno cubano para movilizar al exilio de Miami con una noticia que con seguridad estará en boca de esa ciudad durante algunas semanas.

miércoles, 23 de abril de 2014

El que calla

Es posible que apenas suba estas líneas, Fidel Castro se pronunciará sobre la muerte de Gabriel García Márquez. Aun así, cuando los últimos compases de los vallenatos se han apagado y las rosas amarillas comienzan a marchitarse, todo en homenaje al autor de El coronel no tiene quien le escriba, llama la atención que Castro no se halla referido al escritor y Nobel que logró utilizar a su antojo y mantener a su lado contra viento y marea. Eso sin contar la corona de flores que llegó hasta el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México con la escuálida leyenda “De Fidel Castro Ruiz. Al amigo entrañable”. En todo caso ese silencio, que da rienda suelta a las elucubraciones sobre el verdadero estado de salud del líder de la Revolución Cubana, no es nuevo. Cuando el Presidente venezolano Hugo Chávez, murió el 5 de marzo de 2013, tardó seis días en publicar una líneas, y demoró casi dos semanas en reaccionar —como lo hace desde que se retiró del poder en 2006, a través de un texto en la prensa cubana— a la muerte del sudafricano Nelson Mandela, el 5 de diciembre de 2013. Quizá no esté pasando por un buen momento de su etapa jubilatoria, que una sequía creativa lo esté afectando o simplemente no sabe cómo escribir algunas de las anécdotas que compartió con Gabo sin descubrir algo de su propio historial y sus propósitos más ocultos. Lo que sea siempre es mejor quedarse callado que terminar con unos mensajes que nadie entiende, como cuando mencionó la expansión del universo o aquello que hacen los yogas.

viernes, 28 de marzo de 2014

Todo un siglo con SALAS

Che. 1964
La firma Salas es sinónimo de las fotografías históricas, emblemáticas y hasta épicas captadas tras el triunfo de la Revolución Cubana, de la misma forma como lo son Alberto Korda, Raúl Corrales, Ernesto Fernández, entre otros. Pero detrás del apellido Salas están dos miembros virtuosos de la cámara y la película en blanco y negro, Osvaldo y Roberto, padre e hijo, que se sumaron a la tarea de retratar desde muy temprano la experiencia revolucionaria, con Fidel Castro y el Che Guevara como protagonistas.

En todo caso Osvaldo Salas tiene el récord de ser uno de los pocos que fotografió a Fidel antes de que se hiciera conocido con su barba y su traje verde olivo, y también después de la victoria de 1959. Las primeras de esas imágenes las tomó en 1955, cuando Salas vivía en Nueva York, y las otras en Cuba, cuando la marea de esos años lo llevó de regreso a la isla. De esos tiempos son imágenes que están en la retina de la historia: la de Fidel y Raúl Castro, con el Che; la de Celia Sánchez, de perfil, fumando, o la de Guevara, divertido, con las botas enbarradas.

Este sábado 29, Osvaldo Salas, quien falleció en 1992, habría cumplido 100 años, y su hijo, Roberto, aún un fotógrafo activo, lo recuerda con cariño y admiración, y relata algunos de los pasajes de su vida en esta entrevista telefónica con Toda la noche oyendo pasar pájaros.


Osvaldo Salas.
¿Por qué su padre llegó a vivir a Estados Unidos?

Mi padre fue a Estados Unidos de muy joven, a los 14 años. Mi abuelo emigró a Estados Unidos, más o menos en la época de la depresión económica mundial. Mi abuelo era soldador, y mi padre con su hermano menor comenzaron a trabajar de muy jóvenes con mi abuelo. Tenían un taller de mecánica, de soldaduras y esas cosas. Mi viejo en Estados Unidos estuvo 34 años, hasta 1959.

¿Y cómo llegó a la fotografía?

Por tropezones, de casualidad. En los años 40, él estaba trabajando como soldador en una empresa en Nueva Jersey. El hacía trabajos de especialidad, de soldadura de banco, de acero inoxidable, de alta precisión. En ese centro de trabajo había un club de fotografía, y los miembros de ese club iban a ver a mi padre para que les hiciera bandejitas, pinzas y distintos aparatos de acero inoxidable que se utilizaban en la fotografía (en el laboratorio). Entonces él se fue interesando en aquello, porque le llamaba la atención, y con el tiempo mi padre se hizo miembro de aquel club. Todo esto fue antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial. Cuando se acabó la guerra mi padre ya era miembro activo en ese club y en 1947 se ganó el primer premio del club por una fotografía. Así el viejo, que ya venía con esa atracción por la imagen, empieza a trabajar simultáneamente de soldador y a tirar fotografías. Al principio eran de nosotros, de mi hermana y yo, cuando éramos más pequeños, de gente del barrio que le pedía hacer una foto de un cumpleaños. Así poco a poco fue haciendo cosas. Y comenzó a ver que había un ingreso por ese lado y empezó a comercializarse. Pero llegó un momento, en 1948 más o menos, que con el volumen que tenía de fotografías que hacía en la casa, más el trabajo que tenía (de soldador), tenía un horario muy extenso y ya no podía seguir con las dos cosas. Tenía que escoger: “O soy fotógrafo o soy soldador”. Ese es el momento en que decide dedicarse a la fotografía. Instala un pequeño laboratorio en la casa donde nosotros vivíamos en el Bronx, comienza a hacer algunas cosas comercialmente y después abre un local en Manhattan y establece su estudio de fotografía, a dos cuadras de Times Square. Empieza a hacer cosas deportivas, cosas periodísticas, en fin, todo lo que entraba por la puerta para poder ganarse la vida. Lo mismo era una boda, que un bautizo, fotografías de carné. En fin, todo lo que era posible hacer.

A él, en esa época, ¿qué era lo que más le gustaba hacer en cuanto a fotografía?

Bueno, realmente, no puedo decir qué era lo que más le gustaba. No creo que ese momento él se haya decidido por alguna forma, por algún estilo. El hacia un trabajo generalizado, de cualquier cosa. He dicho en otras ocasiones que nosotros (porque yo me incluyo en eso, yo dejé la escuela a los 15 y me puse a trabajar con él) realmente tirábamos fotografías, y yo creo que después de 1959 empezamos a desarrollarnos, a hacer fotografía. En Nueva York nosotros teníamos que hacer lo que querían los demás. Pero ya en 1959, aquí, empezamos a hacer el estilo de fotografía que nos gustaba a nosotros. Yo creo que ese es el momento en que el viejo empieza a madurar más y a perfeccionar más su estilo.

Fidel en Nueva York, en 1955.
En 1955 él fotografió a Fidel Castro, en Nueva York. ¿Cómo fue que hizo ese trabajo?

En todos esos trabajos múltiples que él hacía, él también hacia trabajos de free-lance, para periodistas, gente que le pedían trabajos, periodistas latinoamericanos, fundamentalmente de Venezuela, de México, de Cuba. En 1955 él recibe una solicitud de trabajo para la revista cubana Bohemia, conjuntamente con un periodista que había en Nueva York, que se llamaba Vicente Cubillas, para hacer unas fotografías de un pequeño grupo de personas que eran de oposición al gobierno de Batista. Como la revista Bohemia estaba en contra del gobierno de Batista, tenía interés en mostrar que esta gente seguía activa, ya que habían rumores que sostenían que estaban escondidos, que habían desistido de sus demandas. Llegaron a Nueva York a recoger fondos, a buscar apoyos para lo que ellos posteriormente iban a hacer. Entonces, llegó al estudio de mi padre, se ponen de acuerdo ahí y el viejo hace el reportaje para Bohemia, que salió publicado en 1955.

¿En ese tiempo su papá ya tenía alguna idea política definida?

No, absolutamente ninguna. En ese momento no. El viejo estaba totalmente alejado de ese tipo de cuestiones. Mi padre hizo ese trabajo (de Fidel en 1955) como cualquier otro trabajo, porque nosotros en ese momento no teníamos elementos, porque no vivíamos en Cuba. Lo que pasa es que después nos vinculamos ahí (con la gente opositora a Batista), entonces al triunfo de la revolución ya estábamos más o menos definidos, siguiendo al Movimiento 26 de Julio.

Roberto Salas.
¿Entre usted y su padre se produjo una especie de “sana competencia” de fotógrafos?

No, yo no creo. Nunca lo vi así. Era un trabajo más. El hacía sus cosas y yo hacía las mías. Nunca pensé en una competencia. Se dice que cuando padre e hijo están en la misma profesión, subconscientemente la segunda generación siempre trata de hacer las cosas algo distinto de la primera generación. Realmente mi padre trabajaba por un lado y yo, por otro. No coincidíamos. Lo que sí hace él aquí es perfeccionar su estilo, buscando lo que había sido su nacimiento en la fotografía. Hay que acordarse de que él era retratista, que tenía un estudio de fotografía en Nueva York. Entonces él trae ese concepto adentro, de hacer el retrato, la fotografía más cercana, y él se convierte en un retratista.

¿Cómo fue que regresaron a Cuba? ¿Fue una petición de Fidel?

Hasta cierto punto, sí. No fue un “ordene y mande”, ni mucho menos. Mi padre siempre quizo, de alguna forma, de alguna manera, a lo largo de los 34 años que estuvo allá, regresar para Cuba algún día y vivir aquí. Entonces, al surgir este proceso, vio la oportunidad. Fidel nos dio la oportunidad, más o menos directamente, de que nosotros hacíamos falta aquí, que se iba a hacer una nueva prensa, que teníamos trabajo. Eso nos dijeron Fidel como otros compañeros. Nosotros vimos la posibilidad del “cielo abierto”, y el viejo lo vio como la oportunidad para definitivamente quedarse en su país, que era lo que siempre él quería. Porque en el fondo, él era muy cubano. El estuvo 34 años allá y nunca se hizo ciudadano norteamericano. El siempre pensaba que “algun día, algún día”. Y el proceso político en Cuba abrió muchas oportunidades de trabajo aquí, y podíamos hacer muchas cosas. El viejo lo aprovechó y por eso fue que se vino para acá. Entre enero y febrero (de 1959) ya estaba aquí. Va y viene a Nueva York como tres veces, pero ya en 1960 él ya está establecido definitivamente en Cuba, hasta que falleció, en 1992. Ahora, ¿cuál es la vinculación de nosotros directamente con Fidel? Bueno, había un antecedente: que ya nosotros lo conocíamos desde 1955, fundamentalmente el viejo, y entonces después fue más fácil una serie de cuestiones.

El triunfo de la revolución, el regreso a Cuba ¿le cambio a su padre el sentido que tenía para él la fotografía?

Si. Desde el punto de vista técnico, nosotros dejamos la grandes cámaras, los grandes flash y todas esas cosas. No los utilizábamos. Y empezamos a trabajar con cámaras de 35 milímetros y a hacer fotografías con luz ambiental, a hacer reportajes. Toda una serie de cosas que nosotros allá no hacíamos. Y tirábamos fotografías de lo que nosotros queríamos, que creo que era lo más fresco del asunto, no?

Cuando él regresó a Cuba ¿se mantuvo como independiente o entró a formar parte de algún medio?

Nosotros somos fundadores del periódico Revolución, que nació más o menos en enero de 1959. El periódico fue, con la perspectiva de los años, pilar del desarrollo de la fotografía de aquel entonces, que después llegó a conocerse como la fotografía épica de la Revolución Cubana, que éramos un grupo –no muy grande– donde estaba Korda, el viejo, Corrales, Liborio (Noval), yo y algunos compañeros más. Pero un pequeño grupo, de ocho o 10 personas. Cambiamos el estilo, la forma en que se hacía fotografía de prensa en Cuba, y la hacíamos en una base diaria, en fotorreportaje. Nadie sabía lo que estábamos haciendo, que estábamos haciendo cambios, ni haciendo historia. Eso se descubre con los años, retrospectivamente. Nosotros trabajamos directamente con el periódico Revolución, y también hacíamos cosas con la revista Bohemia. Después empezamos a hacer otros trabajos. Desde el punto de vista económico para nosotros era mucho más conveniente estar en Cuba, porque estábamos ganando mucho más de lo que ganábamos en Nueva York. Y la vida era más barata, más fácil que aquí.

En los 70 y en los 80 ¿qué siguió haciendo su padre?

El siguió trabajando en el periódico hasta los años 80, por ahí. El siguió trabajando todo ese tiempo, haciendo distintos reportajes, hacía exposiciones de fotografía, que presentaba en distintos países. Viajó mucho haciendo distintos reportajes por muchos países, a nombre del periódico, a nombre de revistas. El se mantuvo en la prensa todos esos años. Tiene un trabajo muy amplio que abarcaba muchos terrenos.

¿Y después buscó un nicho distinto de fotografía o siguió con los reportajes, los retratos?

Realmente yo creo que al viejo no se le puede definir por un estilo determinado. O sea que él hacia muchas cosas. Realmente como fotógrafo de prensa él hacia de todo. Ahora, él, particularmente, se perfeccionaba y hacia algunas cosas particulares para él.

¿El nunca hizo clases?

No. Nunca dio clases. Lo que sí, los jóvenes se acercaban a él, le daba explicaciones, pero como profesor en algo, él nunca lo hizo. El era más bien espontáneo. Tú le preguntabas algo y él te decía, te ayudaba. El fue responsable de fotografía del periódico, por muchos años, de Revolución, que después se llamó Granma. El también es fundador de Granma, y también el era el responsable de fotografía.

¿Tenía alguna foto a la que le tenía más cariño?

Yo no te pudiera decir una… él tenía unas cuantas. Por ejemplo, una que le gustaba mucho y que se hizo muy famosa, que es el perfil del Che donde está fumando. También le gustaba una donde está Fidel y Hemingway, que es un retrato, casualmente, de la cara de Hemingway y de la cara de Fidel. Y una serie de imágenes sueltas, de cosas que políticamente no eran destacadas, ni mucho menos, pero eran imágenes que a él le gustaban: escenas callejeras, escenas de niños, personas caminando por la calle. Muchas de esas cosas que a él le gustaban y presentaba en sus exposiciones. Eran fotografías de Cuba, pero no eran de personalidades ni mucho menos. De todas formas a él le gustaba todo su trabajo. Si él lo mostraba era porque le gustaba. Lo que no le gustaba, no lo enseñaba.
Hemingway y Castro. 1960
Fidel, Raúl y el Che. 1963